Corrupción mórbida

La Razón
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Carmen Calvo, ministra de Cultura de Zapatero, afirmó en el Senado que «el dinero público no es de nadie» y, conocidos sus desbarres, nadie se llamó a escándalo. Era desopilante, presumía haber sido cocinera antes que «fraila», confundía los anglicismos con el anglicanismo, atribuía a Da Vinci sentencias de Víctor Hugo, pedía que la UNESCO legislara para todos los planetas y animaba a las españolas a ser «caballeras» y «quijotas». Puede que fuera una provocadora u otra abducida por la ideología de género, fracción de terrorismo filológica y asesinato del epiceno. No fue corrupta y su desliz sobre el erario apunta subliminalmente a un entendimiento mórbido de los pocos que ven en la política un escabel. No se trata solo de dinero; el afrodisíaco de quien nunca abre una puerta porque se la abren padece una corrupción moral, aunque pague de su bolsillo las aspirinas del despacho, como hacía Juan Negrín. El político (incluido el de Maquiavelo) se autosatisface transcendiendo siendo útil, y puede llegar al asesinato pero raramente a la malversación que ni apetece ni necesita, siendo los corruptos gentes sin moral pero de muy buen pasar, y la erótica del poder no consiste en acumular capital. La democracia nos ha dado una mayoría de políticos que aún pescando en ruin barca nunca han pisado estos fangos. Explicaba Marañón que ser liberal, en sentido humanista, es como ser limpio; una actitud natural, que hay que adquirir si no se tiene, y el político contra natura no encontrará la honradez en los cursos de verano. El corrupto es un enfermo moral sin ideología ni partido y resulta melancólico este espectáculo de apedreamiento partidario por ver quién tiene más morbilidad en su elenco. Hipólito Solari Yrigoyen vivió siempre en barrios bajos, y, soltero, limosneaba el sueldo presidencial regalando los trajes, menos uno por no ir en bolas. Le derrocó en 1930 el general Uriburu (ahí se empezó a joder Argentina) encerrándole en la isla de Martín García de la que salió para morir tres años después. En 1966 la tropa del general Onganía sacó a empellones de la Casa Rosada al anciano Arturo Illía. Como nunca tuvo coche paró en la calle un taxi. Como nunca tuvo casa propia se acogió a la de su hermano. Renunció a la jubilación presidencial, como médico atendió a los menesterosos y en el trasnoche trabajó de panadero en un obraje. Serían fin de raza.