Cuando las barbas de tu vecino veas pelar

La Razón
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El resultado de las elecciones francesas y las reacciones de algunos de los líderes galos merece algunos análisis. La debacle del Partido Socialista Francés era una crónica convenientemente anunciada no sólo en el país vecino sino visionada por cualquiera que tenga una idea aproximada de lo que espera el electorado socialista de la socialdemocracia europea.

Ya en enero numerosos dirigentes socialistas hicieron su pronóstico sobre las primarias francesas, incluso algunos como el presidente de Aragón, lo expusieron por escrito. Llevaban razón los que decían que cuando la socialdemocracia intenta imitar a otros se confunde a su electorado.

La elección del sr. Benoît Hamon respondía a un intento de frenar la fuga de votos hacia la formación liderada por el sr. Jean-Luc Mélenchon; sin embargo, ha sido un fracaso. Nuevamente se cumple en política la máxima de que el electorado prefiere el original al sucedáneo.

La idea de sociedad, de sistema económico, de funcionamiento del sistema político, no tiene nada que ver entre el socialismo democrático y el postcomunismo adulterado que se manifiesta con distintos nombres bajo diversas formas partidistas emergentes en varios países europeos.

Si resultó chocante la coincidencia de compromisos políticos entre el neofascismo de la sra. Le Pen y el populismo izquierdista del sr. Mélenchon, más surrealista se muestra la reacción del líder de Francia Insumisa cuando no deja clara su posición para la segunda vuelta de las primarias.

«Cada uno sabe cuál es su deber», de esta manera justificó que no pidiese a sus seguidores que apoyasen a uno de los dos candidatos. La fórmula elegida para decidir a quién votarán es la de la consulta asamblearia, instrumento muy de moda en este tipo de partidos.

Hasta ahí no lo comparto, pero es discutible, ellos se aferran a su sentido de la democracia directa y los socialdemócratas apelamos al sentido de la democracia representativa y a la responsabilidad de los dirigentes, que no reciben un mero mandato imperativo para desempeñar su cargo, sino una delegación de confianza para tomar decisiones que después son sometidas al escrutinio de su organización.

Sin embargo, lo que no admite debate es que el sr. Mélenchon debería haber anunciado cuál es su posición personal. En una Francia en la que la nueva extrema derecha coquetea con los sectores económicos más populares y con los ex votantes comunistas y de la izquierda en general, la equidistancia de un dirigente político entre un demócrata y una antidemócrata es inaceptable, al tiempo que irresponsable.

El futuro de Europa nuevamente se dirime en unas urnas, el sr. Emmanuel Macron no es el candidato natural de ninguno de los dos partidos clásicos por razones evidentes, de igual manera y por motivos también obvios tampoco lo es de Francia Insumisa.

Sin embargo, por el bien de Europa, todos deberían apoyarle. El argumento de que si gana la sra. Le Pen no dispondrá de una mayoría legislativa que le dé el poder absoluto y, por tanto, no sería dramático, es lo más peligroso que se haya escuchado desde hace mucho tiempo. Sólo hay que recordar que el partido nazi accedió al poder sin haber logrado la mayoría absoluta en las elecciones alemanas.

Probablemente el sr. Mélenchon desea atacar a los socialdemócratas por apoyar a un centroderechista, seguramente quiere en exclusiva la bandera de la «auténtica izquierda», pero la realidad es que a día de hoy no sabemos si votará a un partido de extrema derecha.

En España, por diferentes razones, PP y PSOE deben actuar pronto, porque ya saben aquello de que «cuando las barbas de tu vecino veas pelar...».