Cuanto peor, mejor

La Razón
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Podemos tuvo su momento de mayor apogeo cuando la crisis golpeaba con dureza a las familias españolas. Se convirtió en el instrumento de protesta y crítica a las instituciones que no eran capaces de aliviar los problemas de los ciudadanos.

Sin embargo, los podemistas nunca han alumbrado una luz de esperanza, nunca han conseguido convertirse en alternativa de gobierno porque no han sido capaces de ofrecer una propuesta de futuro que sea compartida por la mayoría de la sociedad.

Hace tiempo que Pablo Iglesias ha iniciado un viraje hacia la moderación, tratando de encontrar un hueco en el mercado electoral. Su apoyo al gobierno socialista, prácticamente sin condiciones, su esfuerzo para evitar la convocatoria de elecciones e incluso su interés por ocupar una cartera en un gobierno de coalición.

Pero la cita electoral en Andalucía ha vuelto a hacer saltar las alarmas en la formación morada, evidenciando que hay un desencuentro entre lo que representan y lo que necesita el electorado.

Quizá sea por ello que Iglesias ha aprovechado su comparecencia en la comisión de investigación de financiación de los partidos políticos, en el Senado, para rectificar su posición ante el régimen venezolano, ha pasado de afirmar, hace unos meses, que era “una referencia fundamental para los ciudadanos del sur de Europa” a calificar de “nefasta” la situación política y económica.

En 1977, cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas, el Partido Comunista sufrió el rechazo por parte de la izquierda social que votó masivamente al PSOE.

Los dirigentes del PCE no podían entender que, habiendo sido la oposición prácticamente en exclusiva durante la dictadura y siendo los únicos que contaban en 1975 con una maquinaria de partido perfectamente engrasada orgánica y territorialmente, hubiesen sido arrasados por los socialistas que estuvieron bastante ausentes como organización después de la guerra civil.

La razón era evidente, los españoles preferían parecerse a Alemania antes que a la extinta URSS, y el Partido Socialista, apadrinado por Willy Brandt, representaba la modernidad y la libertad que soñaba el país.

Podemos no es percibido como una opción de futuro porque, una vez que la protesta ha servido como desahogo, viene el tiempo de dibujar soluciones y ser una garantía para su realización. Su vinculación con Venezuela y su proximidad al separatismo catalán, han contribuido a situarles fuera del espectro de posibilidades de liderazgo electoral.

Es posible que Pablo Iglesias sea consciente de todas estas dificultades e intente la reconversión propia y de su partido, lo malo es que va a ser de difícil credibilidad.

Los actos que no son auténticos, que son impostados e incluso fingidos, no consiguen engañar a la sociedad, mucho menos cuando las voces podemistas no terminan de sincronizarse. Así, por ejemplo, hace escasamente un mes, Íñigo Errejón en una entrevista a un medio chileno, defendió encarecidamente al régimen de Maduro, afirmando que “ha habido importantísimos avances” en el proceso político venezolano.

Cierto es que Errejón e Iglesias deben hablar poco entre sí, pero no es menos cierto que en las posiciones políticas fundamentales han defendido siempre lo mismo públicamente.

La situación del líder morado es realmente incómoda. Es muy difícil para él seguir defendiendo el régimen de Maduro, sobre el que ya hay varias peticiones de investigación sobre supuestos crímenes y abusos a los Derechos Humanos, si quiere tener alguna posibilidad de supervivencia política.

Pero decir digo donde dije Diego, también supone penalización del electorado que, por otra parte, está bastante harto de unos dirigentes políticos en los que lo más importante es mirar la fecha en la que dicen algo, porque cambian de opinión como una veleta.