Cuarta clave

O bservar el mundo que nos rodea es, según la ciencia, la cuarta clave para ser más feliz. Siento decir que de esto andamos muy escasos. No sólo no atendemos, no miramos, no nos rozamos, sino que tampoco escuchamos demasiado cuando se dirige a nosotros directamente. No escuchar es un mal muy triste porque rompe toda posibilidad de conexión entre dos personas. Estamos tan preocupados por nosotros mismos que vamos por la vida sin enterarnos de qué va la vida. Este defecto viene, me parece a mí, por dos causas. Una es la inmadurez. Sí, hay seres que se quedan anclados en la adolescencia, ese periodo de la vida en el que el espejo es el compañero incondicional. Los que adolecen se consideran incomprendidos, acosados y muy sabios. El adolescente siente que, finalmente, ha entendido el funcionamiento del universo y sus habitantes, por lo que ya no le interesan los demás. Le concierne su cara, su huida y su dolor. Exactamente lo mismo que todos esos adultos que han perdido la curiosidad por lo que ocurre a su alrededor. No les atañe lo que le pasa al otro y hablan sólo para desahogarse, porque nadie tiene más razón y más dolor que ellos mismos. No interesarnos por el mundo que nos rodea es fruto también de sociedades cuyo objetivo primordial es él tener cosas. No vemos al otro porque tenemos el camino lleno de escaparates luminosos. Escaparates atiborrados con promesas de felicidad autista. Yo me lo compro, yo me hago feliz. Eso es lo que nos dicta una sociedad capitalista que olvida que necesitamos mirar y ser mirados. Confiar en que todo puede ocurrir en el más sincero de los escaparates: el de los ojos ajenos.