Ángela Vallvey

Decrecer

La Razón
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Algunos políticos españoles han decidido construir menos, renunciar a costosos proyectos que supondrían «numerosos puestos de trabajo» y una previsible activación de la producción. Otros se escandalizan por esta postura, ante la huida de los inversores y la paralización de viejos planes que prometían reavivar una economía exhausta. Desconcertados, se preguntan por qué hay gobernantes que renuncian a la posibilidad de aumentar la prosperidad. La respuesta es: están optando por el «decrecimiento» del «slow movement». Como su propio nombre indica, un modelo de desarrollo sostenible que apuesta por «no crecer». La idea es que vivimos en un planeta cuyos recursos son limitados, y que, por tanto, será incapaz de soportar un incremento ilimitado de su explotación. Niegan que sea posible la «desmaterialización» de la producción gracias a la tecnología, alegando que la extracción de materias primas, por ejemplo, continúa inexorable y está en la base del crecimiento demográfico rápido e imparable, la expansión del comercio y el calentamiento global. E. J. Kormondy habla de «pollution, population & poverty» (contaminación, crecimiento demográfico y pobreza), y de que cada vez más seres humanos se ven apartados de la posibilidad de participar en los intercambios comerciales o monetarios, lo cual los condena a la miseria. De alguna manera, lo que subyace en la idea del decrecimiento es que el crecimiento económico, que ha permitido que aumente exponencialmente la población mundial, también es el responsable de un incremento escalofriante del número de personas desposeídas, condenadas a una vida miserable. Clive Hamilton, autor de «El fetiche del crecimiento», propone una disyuntiva entre una sociedad rica y desdichada y otra austera pero feliz. Se puede vivir mejor con menos, dice. Avanzar hacia una reducción del crecimiento hasta llegar a tasas negativas. Un espectacular progreso económico ha llevado al mundo en los últimos 55 años al mayor salto demográfico de su historia (de 2.983 millones de seres humanos en 1960 a 7.377 millones en 2015), multiplicando exponencialmente el número de pobres. Aunque, al mismo tiempo, algunos políticos que abogan por las tesis del decrecimiento, son incapaces sin embargo de reducir el gasto público, con lo que ése puede ser uno de los grandes escollos de una teoría que aspira contradictoriamente a la austeridad, al desarrollo sostenible, ecológico, a lo que llamaríamos «bioeconomía de la felicidad». No «una utopía más», sino la «utopía del menos».