Del aula al Kalashnikov

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Casi todos hemos conocido a alguien sobre quien recayó la desgracia de ser captado por una secta. El problema surgido en España en los años ochenta nos trae el recuerdo de Pilar Salarrullana, aquella diputada riojana que supo abrir los ojos de otros políticos de la época denunciando la gravedad de unas redes de captación, especialmente de jóvenes que hasta entonces sólo tenían reflejo para la sociedad en unos individuos rapados y vestidos con túnicas que cantaban el «Hare Hare» por la vía pública repartiendo pastelitos.

Treinta años después y con el nada desdeñable papel de las redes sociales, la captación de jóvenes occidentales por parte de auténticos «turoperadores» del terror deja lo denunciado en su tiempo por Salarrullana casi en un juego de niños. Hoy puede bastar con un par de semanas para que, utilizando las redes adecuadas de la forma idónea, jóvenes en edad estudiantil sean convencidos para pasar del aula al campo de entrenamiento.

Está inventado, son mensajes y promesas que calan especialmente en determinados segmentos sociales, pero el adoctrinamiento express en Occidente y al que España no escapa está nutriendo a un cada vez mejor pertrechado ejercito yihadista del «IS» de auténticos guerreros –y guerreras por el indicativo número de mujeres–, dispuestos a morir convencidos de la heroica bondad de ese fin.

El clamor de algunos gobernantes no precisamente europeos está más que justificado: o se frena el reclutamiento de extranjeros o no se podrá vencer al «IS». No se trata sólo de utilizar medios militares, sino de hilar fino ante las miles de cuentas que en las redes apoyan el yihadismo y que en algunos casos empujan a jóvenes sin grandes expectativas de futuro a abrazar postulados del medievo, eso sí, empuñando un Kalashnikov.