Donald Trump y la UE

La Razón
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Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, ha hecho unas declaraciones algo alborotadas, seguidas de una carta que no lo ha sido menos, en los que habla de la administración Trump como de una amenaza para la Unión Europea, en línea con la agresividad rusa, la china y el islamismo radical. Es una afirmación sorprendente, porque las instituciones europeas, tan experimentadas y cautas, no deberían dejarse llevar por la histeria anti Trump que está sacudiendo los medios de comunicación, las universidades y algunos centros de poder occidentales. La Unión Europea se merece más. Con independencia de la falta de profesionalidad de algunas medidas o del tono, o más bien de las salidas de tono propias del nuevo presidente, la catarata de medidas de estas dos semanas responde a lo que el entonces candidato había dicho que iba a hacer una y otra vez. Y corroboran lo que todos sabíamos que iba a ocurrir de llegar al poder Trump. Se trata, efectivamente, de la entrada en un mundo nuevo donde priman los intereses nacionales. Los Estados nación, en especial los grandes –Rusia, China, India y Estados Unidos, entre otros– van a tomar un protagonismo nuevo. Para Estados Unidos, culmina así la larga etapa que arrancó con los desastres que trajo el activismo neocon bajo George W. Bush, siguió con los primeros pasos para la retirada de Europa y Oriente Medio bajo Obama, y se aceleró por la crisis económica y la reacción al cosmopolitismo identitario.

El panorama para la UE no es bueno, y se abren posibilidades oscuras, como nuevos pactos entre Estados Unidos y Rusia ante los cuales los europeos quedarían sin capacidad de maniobra. La respuesta no debería consistir en refugiarse en la buena conciencia y la invocación de un orden kantiano universalista en el que sólo creen, o fingen creer, los gobernantes de la propia UE (no así muchos de sus ciudadanos). La UE debería tomarse en serio la necesidad de contribuir de verdad a su propia defensa, la voluntad de crecer económicamente y la disposición a escuchar, en vez de despreciar, las necesidades y las ansiedades de sus propios ciudadanos. Así se convertiría en un interlocutor serio y creíble. La UE ha sido y sigue siendo un proyecto demasiado importante como para que quienes tienen la obligación de protegerla y continuarla se dediquen a buscar enemigos exteriores, como suele hacer el nacionalismo.