Educación en el fútbol

Se conoce al deportista en la derrota. En este aspecto, España ha venido dando buenas muestras de la categoría internacional de los nuestros. Casi todos aceptan que perder un partido forma parte del juego, como algo inseparable de la competición que se comprende mejor al observar que un día pierden unos y otro día pierden otros. Quizá por ello, me resultan dignas de resaltar las manifestaciones de Cholo Simeone tras la derrota en Almería en las que descartó opinar del árbitro y centró la responsabilidad en sí mismo y en su equipo.

Por regla general, el árbitro suele entrañar una excusa muy socorrida para espantar culpabilidades propias y cargarlas en la cuenta del más débil. La educación, dijo Mandela, es el arma más poderosa para cambiar el mundo. El deporte debe servir como camino esencial para que estos valores encuentren el adecuado caldo de cultivo. Las reglas de juego (el Derecho), la educación (las costumbres aprendidas de los maestros) y la ética (los valores humanos al servicio de las anteriores) ejercen el soporte de la sociedad. No cabe duda de que, quien acepta las reglas, vive las costumbres de los sabios y ejercita los valores morales, está preparado para vivir, convivir, aprender y enseñar.

Por eso, debemos valorar las actitudes de las personas cuando los signos les resultan adversos. Los entrenadores y los deportistas sirven de ejemplo para nuestra juventud y los niños tienden a imitar conductas. Si observan agresividad, acritud y violencia la aprenderán rápido y la ejercerán, además, convencidos de que actúan bien porque así se conducen sus ídolos. La imagen de Cholo Simeone favorece la educación y la concordia.