El álbum de fotos de Pedro Sánchez

La Razón
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Cuando era pequeño, mis padres hacían álbumes de fotos. A mi padre le gustaba mucho hacer fotos y estaba muy al día en la compra de cámaras e incluso se aficionó posteriormente a grabarnos. He de reconocer que en aquella época no despertaba en mi mucho interés ese fervor y me resultaba pesado, incluso, el ejercicio de sonreír a la cámara (sigo pensando que soy muy poco fotogénico), revelar los carretes, escoger las fotos y luego plantificarlas en aquellos álbumes de colores diversos. Ahora he de reconocer que lo agradezco cuando los tengo entre mis manos, aunque me pregunto qué haría mi padre en estos tiempos en que llenamos los móviles con miles o decenas de miles de fotos tomadas sin orden ni concierto. Es casi imposible gestionar tamaño archivo.

Es lo que le pasará al presidente del Gobierno que se ha convertido en un Marco Polo moderno que eclipsa el fervor viajero que han sufrido todos sus antecesores en su segundo mandado, porque el virus de La Moncloa le ha afectado con una celeridad realmente sorprendente. No para de viajar. Es verdad que los sinsabores de la política nacional se ven compensados recorriendo países, acudiendo a cumbres y saliendo en los medios internacionales en los que resulta irrelevante que solo tenga 84 diputados de los 350 que forman el Congreso. Es muy agradable teniendo en cuenta, además, que habla bien en inglés comparecer ante los periodistas extranjeros y contestar sus preguntas. No quiero ni imaginar la cantidad de fotos que ya tiene la familia presidencial para deleitarse cuando vean los álbumes, que espero elaboren los eficaces funcionarios monclovitas, en el futuro no muy lejano porque está en tiempo de descuento. Lo peor es que no se dé cuenta e intente corregirlo.

La función presidencial es muy agradable en todos los sentidos, salvo cuando se pierde, porque se produce un vacío enorme y además cabe recordar que todos los presidentes han salido muy mal de La Moncloa. Y me permito augurarle, sin ninguna mala intención por mi parte, que le sucederá lo mismo. Es la otra vertiente del síndrome que se vive en ese palacio burgués sin pretensiones y calidad arquitectónica que está demasiado alejado, para mi gusto, del centro de Madrid. Es una lástima que se tuviera que abandonar Castellana 3 por motivos de seguridad o que no se hubiera elegido el Palacio de Buenavista, este si es un palacio de verdad, como sede de la presidencia del Gobierno. Es un sitio excelente y además podrían ocupar el Banco de España que estaría mejor ubicado en un edificio moderno más al estilo del BCE. Es un despilfarro que sea la sede de la “mini”, ya que es poco más que un apéndice con pretensiones de su “hermano mayor” europeo, autoridad monetaria en lugar de un museo o parte de un complejo presidencial.

No entiendo muy bien porque Sánchez busca una foto con Torra, porque es una auténtica pérdida del tiempo. El nacionalismo entiende estos gestos como una muestra de debilidad y un acicate para continuar en su disparatado camino independentista. Es bueno aprender de los errores, pero me temo que el Gobierno ha decidido perseverar en ellos a pesar del duro mensaje que ha sufrido en Andalucía. Las urnas le han mostrado el enorme cabreo que existe entre sus votantes, algo que también le ha sucedido al PP, y la inmensa mayoría de los españoles, incluido obviamente buena parte de los catalanes, quieren firmeza frente al desafío independentista. Me parece bien que se haga fotos y que tenga el síndrome de Phileas Fogg, aunque el inmortal protagonista de “La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne no le gustara salir de su querido Londres, pero debería ser más exigente con algunos viajes y, sobre todo, con algunas fotos.