El arroz con leche

Los medios de comunicación somos involuntariamente culpables de dar ringorrango a asuntos inextricables como la sobrevenida fiebre secesionista de quienes gobiernan por delegación en Barcelona y Vitoria. Probablemente si a estos radicales les preguntáramos si las vacas tienen cuernos, dudarían, y, en caso de acierto afirmativo es seguro que ignoran si las orejas están delante o detrás de la cornamenta. La política separatista a tiempo que lee las greguerías del innecesariamente olvidado Ramón Gómez de la Serna, para el que los profundos ojos de las vacas eran los tinteros con que escribían los prados. Artur Mas, Junqueras, la familia Pujol, Pere Navarro y Urkullu saben que España no se va a cantonalizar, pero bailan entre ellos una contradanza ebria de pisotones y simplezas sanchopancescas. ETA «civil» reclama el acercamiento al País Vasco de sus presos y su amnistía. O lo uno o lo otro, sin considerar que las amnistías están prohibidas en la Unión Europea. Pere Navarro, jefe del socialismo catalán e hijo adoptivo de Carmen Chacón, que pone una ficha a La Moncloa y otra a la Casa de los Canónigos, pretende que el reacio Rubalcaba se desayune una consulta catalana sobre su identidad. En esta vieja nación no se consulta ni al médico y los referendos son potestad del presidente del Gobierno. La Constitución de 1978 es manifiestamente mejorable y adaptable a quienes no habían nacido en su prolongación. Suprimiendo el artículo dos (indisolubilidad) y con mucha carpintería parlamentaria aquí se puede independizar de Burgos hasta el condado de Treviño, sin que a nadie se le altere una ceja, pero de la ley a la ley, puente por el que Torcuato Fernández Miranda nos hizo pasar de la dictadura a la Democracia. El rostro impenetrable del pelotón independentista dialoga por el método Ollendorf («¿Qué hora es?» / «Está lloviendo») y plantea ideogramas virtuales propios del surrealismo ramoniano: «Como sé que te gusta el arroz con leche por debajo la puerta te echo un ladrillo». Por estos voluntarismos infantiloides (la democracia soy yo) no va a correr la sangre, pero la risa va por barrios. De la suave crema catalana (seny) al lechazo de arroz hormigonado (estulto y autosatisfecho rigorismo del que aspira al martirio por mano propia). Es más fácil cambiar de Constitución que de cociente intelectual.