El autoritarismo de Xi

E l 4 de junio de hace 26 años, una protesta estudiantil que reclamaba democracia en la plaza de Tiananmen en Pekín, fue masacrada por tropas de combate del Ejército, con más de doscientos muertos y miles de detenidos. Lo que ahora sucede en Hong Kong es parecido y puede acabar igual. En importantes aspectos, buena parte de la historia china del último cuarto de siglo deriva de Tiananmen y es un intento por parte de los dirigentes de evitar su repetición.

Ahora Xi Jinping, un líder con dos años en el puesto supremo y grandes aspiraciones de realizar «el sueño chino», se encuentra inesperadamente en una situación similar, con una China mucho más poderosa y afirmativa y el amenazador espectro del ominoso precedente. Su estilo de gobierno ha sido acentuar los caracteres autoritarios del sistema. Si algo ha mostrado ha sido más bien inflexibilidad. Desde luego, con las radicales reivindicaciones de soberanía sobre los mares adyacentes. También contra las pretensiones autonómicas de los uigures –musulmanes de estirpe túrca– de Xinjiang. Por supuesto frente a los tibetanos, ya mucho más subyugados. Se halla en plena campaña contra la corrupción, que es selectiva y sirve para perseguir a sus rivales en el interior del partido. Las imprescindibles y prometidas reformas económicas no acaban de verse. Ahora tiene que tomar la decisión más importante de su corto reinado, a sabiendas de que sus repercusiones pueden durar décadas. El camino de la represión es el más tajante y en consonancia con las tradiciones nacionales, no ya sólo comunistas, pero no le será fácil porque es justo lo que se ha querido evitar desde 1989. Como entonces, la reacción internacional no pasaría de simbólica. Los intereses comerciales de Occidente con China son ahora más fuertes. En Oriente sucede lo mismo en el plano económico, pero no en el político, cuando los vecinos se sienten amenazados y suspiran por el liderazgo americano.

Una actuación sangrienta en Hong Kong sería una bofetada a lo que desde Pekín se vive como altaneras y entrometidas monsergas democráticas de imperialistas europeos y americanos y serviría para demostrar una vez más a los que dirigen sus ojos hacia Washington que la América de Obama es un tigre de papel del que no deben esperar ninguna ayuda, aunque es muy probable que incremente los recelos de los atemorizados asiáticos. Serviría también para mostrar la nula fiabilidad de la palabra comunista al pulverizar lo poco que se ha puesto en práctica de la fórmula de Deng Xiaoping: «Un país, dos sistemas», que fue el imaginativo y osado invento bajo el que se realizó la retrocesión de la colonia británica a la madre patria. La defunción de la fórmula resulta devastadora para Taiwán y frustra las expectativas de encontrar un acomodo con el continente. No cabe duda de que a Putin, hoy muy popular en China, le encantaría el método. Una solución de compromiso, que ofrece muchas variantes, no está en los genes de un partido que se sigue llamando comunista, pero tampoco en las tradiciones milenarias del poder en China, donde mirar a los ojos al emperador puede llegar a ser un delito susceptible de pena capital. Aunque pueda ser puramente teórica, es una de las opciones que tienen delante el actual emperador y su camarilla. No sólo se opone a ella una concepción del poder sin fisuras, sino la propia intransigencia de los manifestantes, embriagados de la sublimidad de sus ideales que les dan la suprema razón.