El brujo de la tribu

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Puigdemont es el brujo de la tribu. Hay pocas dudas del comportamiento tribal que representa el proceso, emprendido con entusiasmo primitivo por los independentistas catalanes, que forman los payeses, el clero y la burguesía. Y no resulta forzado asignar al fugitivo de la Justicia el papel estelar en este aquelarre al que asistimos perplejos y bastante hastiados ya, todo hay que decirlo, los que no pertenecemos a esa tribu ni a ninguna. Este hombre miope, de característico flequillo sobre la frente y sonrisa mefistofélica, encarna bien el modelo de catalán que describió Josep Pla: «Unas veces parece cobarde y otras un sombrío orgulloso; unas veces parece sufrir de manía persecutoria y otras de chulería». Por lo que se ve, es el biotipo del catalanismo, de ahí que los más entusiastas de la llamada ANC quieran otorgarle el símbolo del poder de la tribu, ejercido desde tierras flamencas o, si fuera posible, trayéndolo a Cataluña en andas o por los aires, subido a una escoba. Julio Caro Baroja dice que pueden encontrarse grandes semejanzas entre la bruja antigua y el político moderno. En el caso de Puigdemont está claro. A él, lo mismo que a la bruja, se les atribuyen facultades muy superiores a las que en realidad tienen. En un momento de ilusión colectiva, uno y otra son exaltados con entusiasmo por la tribu. Pero al final uno y otra defraudan al personal. Y entonces a la bruja y al político se les atribuye en bloque todos los males de la comunidad. La bruja es conducida a la hoguera entre el entusiasmo popular y el político, a la cárcel en un furgón policial. También los políticos –dice Caro Baroja– «forman sectas con consignas secretas e infames, sin más misión que la de propagar el mal, con sus juntas misteriosas y hasta sus banquetes correspondientes». Los seguidores del brujo de la independencia catalana no se han enterado de que el Gobierno no puede parar al Tribunal Supremo, como hizo Felipe González con Pujol en el caso de Banca Catalana. Desde luego, Puigdemont no se librará de la Justicia, mayormente por embaucador y embustero. Quedará como el símbolo de la desunión y el enfrentamiento, el traidor a la Constitución y al Estatuto, ejemplo de cobardía política, promotor de un sueño imposible... La culpa principal no es suya, es de la tribu, pero él será el macho cabrío sacrificado.