El callejero en las tertulias

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Pocas distracciones reúnen más devotos en estos lares que polemizar sobre el callejero. Ni las moscas veraniegas se resisten. Tales entretenimientos, claro, no serían posibles sin ese divertimento previo del prócer: cambiar a cada poco el nombre de esta calle o de aquella avenida a su antojo. Y la gente se lo pasa bomba discutiendo sobre las ocurrencias de los representantes, caprichos al gusto del color, naturalmente. Un ejemplo categórico: en Sevilla, hace años, a la calle General Merry la bautizaron Pilar Bardem, valga la licencia. La decisión, como todos recuerdan, fue el corrillo del año y casi la canción del verano siguiente. Tiempo después, con el Ayuntamiento ya de otro color, Pilar Bardem pasó a ser Nuestra Señora de las Mercedes, valga nuevamente la contradicción. El reemplazo alimentó durante meses a las tertulias más conspicuas de carrete. El caso es estar entretenido, ¿no? Por ahí, no obstante, se oye a personas menos propensas a la distracción que preferiría que el nomenclátor estuviera legalmente vetado a gente o eventos con menos de un siglo de antigüedad, lo que provocaría en las reuniones un sopor digno de una película armenia. A la gente, leñe, le gusta hablar de algo y oponerse a lo que surja, de ahí que prefiera a Pedro Zerolo antes que llamar a las calles Sol, Laurel o Azofaifo, moda antañona, y eso que de antaño en las tertulias sólo se recuerdan penurias. Bajo un hipotético precepto de nombrar a las calles con personajes más viejos que la centuria habrían evitado situar en los callejeros de casi toda España a Echegaray, Nobel de Literatura en 1904. Pobre Echegaray, qué poca tertulia da ya.