El cambio sensato

Albert Rivera se ha presentado en Madrid con la pancarta del «cambio sensato». Yo no despreciaría de entrada las posibilidades de esta formación centrista, que nació en Cataluña, donde ha adquirido una cierta pujanza, con el nombre de «Ciutadans» y que ahora arranca en toda España con su traducción al castellano. Ciudadanos irrumpe, a juzgar por algunas encuestas, con mucha más fuerza de la que se le podía suponer hace sólo unos meses. Es el nuevo fenómeno en el panorama político español, que llega en el momento oportuno y con buenas credenciales. Me parece que va a ser algo más que el aliviadero, por el centro, del agua que se escapa a chorros del PP y del PSOE. A mí me recuerda al CDS de Adolfo Suárez, mitad liberal, mitad socialdemócrata; o sea, situado en el espacio más atractivo y estratégico del tablero.

No es extraño que en las sedes centrales de los dos partidos mayoritarios su presencia produzca desasosiego. Tiene todas las bazas para convertirse en el cuarto partido en discordia, la cuarta pata del banco (Podemos se come a IU y parte del PSOE, y Ciudadanos se come a UPyD y pega un mordisco al PP y otro al PSOE). Hoy lo que se lleva es el cambio. Sólo el Partido Popular trata de convencer a sus votantes de que para qué cambiar justo cuando las cosas mejoran. Si acaso, si hay que cambiar algo, hagamos el cambio tranquilo, dice Mariano Rajoy. Asusta el cambio radical de Pablo Iglesias. No convence del todo el cambio seguro de Pedro Sánchez. Y empieza a tenerse en cuenta el cambio sensato, con un programa razonable y novedoso, de Albert Rivera, un líder emergente. Parece que hoy, para tener futuro, lo mejor es tener poco pasado.

Es verdad que Rivera no es Adolfo Suárez, pero personas experimentadas y fiables que han tenido ocasión de tratarlo de cerca, aun sin ser de su partido, coinciden en ver en este joven político no pocas de las virtudes del hombre que protagonizó la Transición junto al Rey Juan Carlos.

No le falta ambición y se está rodeando de buenos consejeros. En Madrid se presentó con Manuel Conthe y Luis Garicano, una buena garantía de innovación y sensatez. Viene avalado además por su meritorio papel en Cataluña, enfrentándose sensatamente a las jaurías separatistas (no faltan los que aconsejan ya que, como pasó en su día con la Unión del Pueblo Navarro, vaya pensándose en Ciudadanos como el socio y representante del PP en Cataluña, liquidando y diluyendo la actual representación).

Lo más seguro es que esta fuerza emergente, si se cumplen los pronósticos más sensatos, haga de partido-bisagra a la hora de formar el próximo Gobierno de la nación tras las elecciones generales de otoño-invierno. Presumiblemente ayudará al cambio tranquilo. Por poner alguna pega –si no lo digo, reviento–, Ciudadanos debería revisar su política agraria. Eso de liquidar las diputaciones y no dejar en pie más que mil ayuntamientos en toda España no ayudará al reequilibrio demográfico –un problema gravísimo, más importante que la «cuestión catalana»–, destruirá las provincias agrarias de las mesetas y machacará aún más a los pueblos y al mundo rural. Me imagino que este fallo en el programa se debe a su visión de España exclusiva o excesivamente ciudadana. Pero, dicho esto, a Ciudadanos hay que seguirlo de cerca y con el máximo interés.