El charlatán de feria

No hay día que no nos sorprenda. Ofrece la estampa del viejo charlatán. Bien trajeado y repeinado, parece que le han dado cuerda, como a un muñeco de feria. Cada día pregona algo aparentemente novedoso, que mantiene la atención de los medios, no sólo de los adictos. A la gente normal de la calle, que no sea de su cuerda, le cansa, le aburre e incluso le irrita. Pero él sigue dale que te pego. Todo menos gobernar. Es lo que le dicen desde Madrid. Rajoy le advierte de que está dando pasos hacia nunguna parte y se ofrece a acudir a Cataluña a echar una mano ante semejante desgobierno. Pero Mas sigue erre que erre con la independencia y hace tiempo que dejó de ser presidente de la mayoría de los catalanes. Vende humo, pero los suyos le aplauden embelesados, con fervor provinciano. ¡Vamos todos juntos en unión! ¡Hagamos el plebiscito! ¡Y en dieciocho meses, independientes! Y los incautos se lo creen y le dan carrete. Los charlatanes de feria, que ofrecían gangas, crecepelos y elixires de la eterna juventud en la plaza pública, siempre encontraban un público bobalicón y crédulo. Ante una situación de flagrante desgobierno y ante la apuesta del presidente de la Generalidad, cada vez más explícita, por la sedición, es normal que se baraje la idea de aplicar sin tardar mucho el artículo 155 de la Constitución y suspender por un tiempo razonable dicha autonomía. Ésta es la definición de sedición que da el diccionario: «Acción de declararse en contra de la autoridad establecida y de empezar la lucha contra ella». En este caso, con astucia y buenos modales. Recordemos las razones para la intervención que figuran en ese artículo de la CE: «Si una comunidad autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España». Las dos condiciones se cumplen.

Otra salida que está al alcance de Rajoy, que tendría la virtud de romperle el calendario y los papeles a Mas y tomar la iniciativa política de una vez, sería la convocatoria de un referéndum en toda España, incluida, claro, la región catalana, con la siguiente pregunta, que he visto sugerida hace unos días por un avispado lector en un periódico de Madrid: «¿Quiere usted que Cataluña siga unida al resto de España y dentro de la Unión Europea?» ¡Impecable! Estando Rajoy tan convencido, como dice, de que, a juzgar por la ferovorosa y polémica consulta reciente, dos tercios de los catalanes no quieren la independencia, ¿qué problema habría? La soberanía nacional quedaría garantizada y todo el mundo ejercería su derecho a decidir. Y se pondría fin tajantemente, por voluntad popular, a sediciones y charlatanerías. Como se ve, aún hay sol en las bardas. Otra cosa es imaginarse a Rajoy abandonando el paso de buey. Ni siquiera para taparle la boca al charlatán de feria, que sería un descanso para todos.