El desarme trampa

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ETA ya nunca más nos engañará. A ETA le vemos todos la patita, al menos todos los que oímos las bombas y vimos la sangre, en directo o en la tele. Los que cogíamos el periódico con un nudo en la garganta, y veíamos nuestro nombre en sus boletines y mirábamos debajo del coche por las mañanas. Porque la letra con sangre entra y hay hechos sangrientos que ni la más retorcida retórica de Otegui puede cambiar. A lo mejor algún joven puede creerse que Arnaldo Otegui es sincero cuando se arroga «autoridad moral», como hizo el viernes para hacer de vocero de ETA, pero los demás lo conocemos. Aprendimos a fuerza de tiros y bombas. Sabemos que corrió detrás de mi amigo Gabi Cisneros para secuestrarlo y que le vació un cargador en la tripa y que, años después, Gabi se murió diciendo que lo que le dolía no era el cáncer «sino lo de Otegui», que le atenazaba el vientre.

Así que oír ahora a este señor diciendo que «España y Francia no deben obstaculizar el desarme que están empeñados en impedir» es cómico por no llorar. O sea, que los malos se quieren desarmar y nosotros no les dejamos. Hay que ser cínico. No señor, aquí lo que pasa es que estos asesinos han sido derrotados y no aguantan más en la cárcel, que es donde tienen que estar. Y se piensan que entregando unas pistolas oxidadas y unos explosivos viejos en unos zulos enmohecidos van a poder hacer unas fotos que –convenientemente distribuidas por gentiles mediadores internacionales de paz que, eso sí, cobran un huevo por mediar– van a poder publicitarse por el mundo como desfacedores de entuertos y muñidores de paz. Y después salir y hacer borrón y cuenta nueva con los 300 asesinatos sin aclarar.

No señor, aquí los muertos ya los hemos puesto. Hemos oído las bombas explotar. Hemos visto el cráneo horadado de José Luis Caso, por poner un ejemplo. Hemos oído quejarse a Gabi. Y hemos apretado los dientes y dejado que la Policía y la Guardia Civil luchasen como leones y los jueces hiciesen su trabajo. Y ya está. Han perdido, y basta.

No señor, ETA no va a vender en ninguna parte que ha hecho paz alguna, porque lo que ha hecho son huérfanos y viudas y discapacitados y depresivos y muerte y dolor. Si quieren rendirse, se les admite. Que entreguen las armas y se disuelvan. Que pidan perdón. Y entonces veremos si pagan en el Puerto de Santamaría, en Almería o en Barcelona.

A ETA le debemos que un par o tres generaciones de españoles hayamos crecido en la lucha contra el terrorismo. Y aprendimos bien lo que es una tregua trampa y una negociación falsa y un corte de mangas.

Y ahora reconocemos a la legua un desarme falso y una campaña de lavado de imagen y un intento de montaje internacional. Todo con un criminal la frente, Arnaldo Otegui, arrogándose «autoridad moral» y hablando de paz. A otro perro con ese hueso.