El día de playa

La Razón
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Como todos los años he cumplido con la playa. Un día de playa al año no hace daño. Llovía intensamente y a primera hora de la mañana la inmensa playa de Oyambre estaba desierta. Adolfo Herrera y su perro, las olas y quien escribe. Si amanece lloviendo con fuerza, a los naturales y veraneantes no les gusta la playa, cuando la playa en esas condiciones es grandiosa y acogedora. Una playa cuyas orillas concentran a una multitud de humanos y homínidos sufre en demasía. A la playa, si me permiten el consejo, se debe bajar con botas de agua, pantalones azules y marineros de mahón, un chubasquero y una boina, militar o civil, que lo mismo da. Si la boina asume más agua de la conveniente, se sacude, queda seca y sigue cumpliendo con su obligación instalada de nuevo en la cabeza de su poseedor. Mejor escrito, lo que hay que instalar es la cabeza en la boina, que con lluvias torrenciales es la que manda. Así paseaba por la playa cuando un corredor de orillas me ha adelantado. En una playa solitaria el tratamiento siempre se manifiesta cortés y educado. Nos hemos deseado los buenos días, y el corredor, bien informado, me ha trasladado su conocimiento del dato: «¡En Madrid, 34 grados a la sombra!». Un dato delicioso, según mi punto de vista.

Lo decía el escritor danés Kaverdrup: «No me gusta la nieve. No me gusta el frío. Pero nieve y frío me enamoran cuando una chimenea me calienta, un libro me acompaña y de cuando en cuando me acerco al gran ventanal y calculo el frío del exterior». Algo así experimento cuando paseo bajo la lluvia por la playa. El horizonte negro cimarrón de más agua que viene y el pensamiento clavado en los 34 grados de Madrid. Un placer sólo al alcance de los enamorados de las playas solitarias, rompientes, abiertas y bien llovidas. Con sol y buen tiempo, una playa se convierte en una vulgaridad.

Las playas sacudidas por los nortazos reúnen en sus orillas grandes concentraciones de aves marinas. En los días de sol, esas aves se esconden. Sienten el terror a la invasión. El niño que grita y llora porque se ha perdido, el deportista sobre la tabla que a punto está de guillotinar a los indecisos que saltan sobre las olas a punto de desmoronamiento, el griterío, la abundancia de carne, la mujer perfecta que muestra sus pechos y los pechos imperfectos que arrastran a una mujer que viene detrás de ellos. Los corredores que no saludan, los monitores voluntarios de la Cruz Roja aliviando las plantas de los pies clavadas por los escorpiones de mar, unos auténticos hijos de la gran puta que en las mareas bajas se ponen morados de dolor ajeno. Y esa arena que se incrusta en la piel y reboza como si de un filete empanado se tratara al bañista que se tumba sobre la lengua seca libre de mareas. La playa es una locura colectiva, degradación del ser humano, expositora de barrigas y celulitis, aunque de cuando en cuando, un esplendor femenino ayude a recordar que vivir merece la pena.

Día de playa cumplido, veraneo logrado. No ha dejado de llover. Paisaje adelantado de otoño. Pero el norte de España es así, que cambia en veinticuatro horas, el macizo de los Picos de Europa detiene a las nubes, y del chaparrón se pasa al sol ardiente. El norte, cuando el tiempo es húmedo, ofrece muchas más posibilidades de disfrutar que el sur. En el sur o el Mediterráneo llueve, y a la gente se le pone un sello de melancolía en el rostro de muy difícil explicación. Aquí, el «mal tiempo», como es llamado por tanto insensible, se asume con pasmosa naturalidad. Y más aún, cuando se conocen y comentan las temperaturas de otras partes de España. «En Madrid han llegado a los 37 grados, en Sevilla 41, en Sotogrande 34, en Marbella 30 y en Puerto Portals 38». Y uno se pone a besar la lluvia con pasión y gratitud.

Cumplido el rito de la playa, mañana escribiré de política, inconmensurable tortura.