El «efecto Pizzolatto»

La Razón
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En la televisión por cable, lo importante de una narración no es tanto el número de capítulos como la estructura narrativa. Históricamente, se dividían las series, tanto las autoconclusivas como las de narración continuada, en temporadas con un determinado número de capítulos. Lo normal hasta 1997, año del nacimiento de las realizadas por cable HBO, era que fueran veintidós episodios.

La lógica era simple: trece capítulos para emitir y nueve guardados en la reserva por si la serie funcionaba y había que mantener al espectador enganchado hasta que se rodara la siguiente temporada. Al reducir el número de capítulos de las series en la televisión por cable a doce o trece por temporada, mucho más abiertas a la innovación y dispuestas a romper con los esquemas convencionales de las televisiones tradicionales, constreñidas por la publicidad y la rigidez de los anunciantes familiares, permitió que las nuevas dedicaran más tiempo al guión y mayor dedicación al rodaje de cada entrega, reduciendo el riesgo económico y aumentando la calidad del guión y de la realización de los episodios.

Desde «Los Soprano» hasta «The Wire» y «Mad Men», las series iniciaban cada temporada con un gran arco argumental que iba creciendo como un ser vivo, al modo de los folletines victorianos, pero complicando las historias, haciéndolas más ambiguas y complejas, con personajes atormentados, impronta de las televisiones por cable como HBO, FOX y AMC, donde el guionista era la estrella.

El primer «showrunner» que rompió esta dinámica fue el guionista y creador Nic Pizzolatto al mantener la idea de que cada temporada de «True Detective» fuera un universo de maldad único; reducirla a ocho capítulos, en vez de a los doce preceptivos; y cambiar de guión, ambiente y protagonistas la segunda temporada, que ahora se estrena en España.

Frente al bucle interminable de acción central nutrida por numerosas paralelas, Nic Pizzolatto redujo en «True Detective» la narración a un caso criminal protagonizado por dos policías antagónicos, uno de ellos al borde de la psicopatía, oscuro y desquiciado, y qué duda cabe que bajo el influjo morboso de una de las series míticas que se adelantó al auge de las cadenas como HBO y FOX: «Twin Peaks» (1990), de David Lynch, sabiamente mezclado con la desasosegaste atmósfera de «Seven» (1995), de David Fincher.

El chico de oro de la HBO, Nic Pizzolatto, es, además de creador y guionista de «True Detective», productor ejecutivo, un cargo que no existía en Hollywood, donde el guionista era el último mono y el director, un asalariado. Antes que él, los «showrunnes» que cambiaron el sistema de las series emitidas por cable fueron los guionistas autoritarios, comenzando por David Chase, creador de «Los Soprano»; Vince Gilligan, de «Breaking Bad» y David Simon, de «The Wire».

Otra de las características innovadoras de «True Detective» fue la incorporación de grandes actores para los papeles protagonistas: un duelo interpretativo de altura entre Matthew McConaughey y Woody Harrelson. Dos papeles que invierten los tics exagerados marca de la casa de Harrelson, aquí muy moderado, mientras que corresponde a McConaughey una composición enajenada, con sus estentóreas caladas a los innumerables cigarrillos que consume durante toda la serie. Signo inequívoco de personaje diabólico políticamente incorrecto, digno de una narración de horror gótico.

Un hecho insólito en las series televisivas, que recurrían a actores secundarios ajustados a las características de los personajes, como el fabuloso James Gandolfini en el papel de mafioso en «Los Soprano» o Steve Buscemi en «Boardwalk Empire».

Además de la deslumbrante banda musical de «True Detective», es la fotografía del espacio desolador de la Louisiana en donde sólo parece existir el mal, y un detective tan iluminado como un predicador dispuesto a inducir al culpable una confesión de culpabilidad. Maldad y culpabilidad, ese es el sello de Nic Pizzolatto.