El espectador festivo

La Razón
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Cuando algo adquiere especial notoriedad por ser una fiesta es que ha dejado de ser una rutina. Esta circunstancia, en el caso del cine, constituye una catástrofe mayúscula. Una industria necesita de enraizados hábitos diarios para sostenerse, y no de tres o cuatro días excepcionales cada año. Pero, por alguna razón, la psicología del espectador de cine ha cambiado sustancialmente, y no creo que la causa de tal transformación obedezca al simple descenso significativo del precio de las entradas. En realidad, sobre el cómputo total de un año, el que alguien se ahorre cinco euros excepcionalmente en un ticket no es algo que vaya a influir de modo ostensible en su economía. Deben existir motivos de otra índole que inciten a tantos cientos de miles de espectadores a concentrar su fidelidad al cine en tan escasos días.

Y lo cierto es que, analizado con detenimiento, este fenómeno de la «Fiesta del cine» ha permitido desvelar la nueva psicología del usuario de cine. Frente al «espectador feligrés», que establecía una relación de intimidad con la sala de cine mediante el «culto» diario, el nuevo espectador es un «espectador eventual», que sólo se deja arrastrar por la fiesta, por el acontecimiento puntual. No es que, en la actualidad, la gente no vea cine; por supuesto que lo ve, pero en otros lugares y en formatos, soportes y situaciones completamente excepcionales. El espectador actual es como el creyente no practicante: sólo vuelve al templo para alguna celebración (bodas, comuniones). Siente, además, que, por más que durante todo el año no haya pisado las salas de cine, si a lo largo de estos cuatro días no participa en este acto festivo está dejando pasar algo importante. Todo lo efímero le atrae; se trata de esa sensación mágica de fugacidad, que genera una ansiedad atávica por atrapar la realidad antes de que se extinga. Las cosas permanentes no interesan. Lo atractivo de verdad es la fiesta: su intensidad y brevedad.