El incómodo comodín

La Razón
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Quién le iba a decir a Francesc de Carreras, Arcadi Espada, Félix de Azúa, a Albert Boadella y a otra decena de intelectuales que aquel manifiesto que publicaron, hoy hace exactamente diez años, y que titularon «Por la creación de un nuevo partido político en Cataluña», convertiría a Albert Rivera en el hombre más deseado de la política española durante estos días.

El líder de Ciudadanos tuvo ayer una agenda cargada. Desayuno con el Sr. Sánchez y comida con el Sr. Rajoy para dialogar, nada más y nada menos, sobre la formación de gobiernos en medio país.

Ciudadanos está de moda, pese a que su resultado electoral fue más modesto de lo que aventuraban algunos pronósticos. Pero ideológicamente, ¿qué representa? En Cataluña es un partido que recoge el voto transversal del PP y del PSOE, pero no estoy muy seguro de que eso ocurra en el resto de España.

Somos muchos los que esperamos expectantes el estudio post-electoral que estará realizando el CIS para saber cómo se han producido los flujos de votos entre unos y otros, pero de lo que hemos visto, podemos inferir que ha recibido grandes apoyos de antiguos votantes del PP a los que se les ha hecho insoportable mantener el voto con la oleada de casos de corrupción que hemos ido conociendo. También es posible que se haya producido transferencia de voto desde el PSOE hacia Ciudadanos, e incluso desde Podemos, aunque este flujo quizá se paralizó en los últimos días de campaña.

Para muchos es un partido de centro político; en Cataluña se le interpreta como centro izquierda y, en el resto del país, de centro derecha. Pero un partido de centro no es un «partido comodín», esto es, un partido de pacto con derecha e izquierda indistintamente en función de la mejor conveniencia de poder.

Cualquier organización política debería tener un proyecto central, debería saber cómo quiere que sea la sociedad en el futuro, cuál es su modelo de convivencia, su modelo de Estado del Bienestar, económico, fiscalidad, mercado laboral, cómo quiere canalizar la cohesión del Estado... En definitiva, ser de centro es tener un proyecto troncal en el que se pueden integrar amplios sectores que comparten un núcleo esencial. Todo lo demás es aritmética y lenguaje de poder.

Lo que es indiscutible es que cuando todos dábamos por hecho que el protagonismo político lo iba a tener el Sr. Iglesias, se lo ha arrebatado Ciudadanos. Eso parece no haber gustado demasiado a Podemos, que por su parte ha empezado a emitir mensajes que me hacen reflexionar sobre si esconde o no algo detrás. En una entrevista realizada al Sr. Monedero, en el programa de Risto Mejide, en Antena 3, apuntaba a una estrategia de pactos con el PSOE para echar al PP, pero con advertencia de retirar el apoyo a los tres meses si no se cumplen algunos compromisos.

La duda que me asalta es si se trata de un modo de recuperar protagonismo, un tirón en la solapa para subir la cotización de su apoyo o, si por el contrario, se trata de toda una estrategia que tiene como objetivo forzar nuevas convocatorias electorales en las que consideren que pueden mejorar sus resultados.

El panorama político se ha convertido en un sudoku en el que la aritmética gana a la política y donde al resultado de las urnas se le otorga exclusivamente un valor numérico. Sin embargo, el resultado electoral tan complejo que se produjo el 24 de mayo no hay que interpretarlo sólo cuantitativamente. Hay que ver políticamente qué ha querido decir la sociedad española en cada territorio.

La gente no quiere un juego de poder, quiere que alguien les cuente un proyecto para España, porque eso será señal de que alguien lo tiene. No quiere caudillos ni salvadores; sencillamente, quiere que las cosas funcionen.

En política sólo se pueden tener dos problemas: de poder o de proyecto político. Me da la sensación de que la política española no tiene un problema de poder. Sin embargo, los líderes están mostrando preocupación exclusivamente por ocuparlo.

La política española tiene un problema de proyecto político. Se necesita que alguien dibuje un boceto de cómo ve España dentro de quince años: qué tipo de país seremos, cómo conviviremos los unos con los otros y si nuestros hijos estarán aquí o seguirán en Londres.

Ésa debería ser la base sobre la que deberían dialogar los actores políticos. Quizá sabríamos así quién tiene un proyecto central y con quién lo puede compartir. El martes se reunieron los dos hombres que más poder político aglutinan en España con el Sr. Rivera, pero no tengo duda de que fue él quien se sintió más poderoso de los tres.