Historia

El libro de los tontos

La Razón
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No todas las salas de espera de los dentistas ofrecen a sus aterrorizados pacientes lecturas vanas y multicolores. Ilustres y cultos odontólogos liberan sus bibliotecas de libros coñazo y los ponen a disposición de los que aguardan su turno para ser sometidos a un empaste, una endodoncia o una extracción molar. En la antesala del suplicio de un conocido y extraordinario dentista madrileño me topé con el «Ulises» de Joyce y el «Lobo Estepario» de Hesse. Me interesé por su originalidad con anterioridad a la anestesia. Después de la anestesia, un ser humano normal no sabe qué hacer con su boca, y las palabras salen de lado, esquinadas y sin rumbo. Y me respondió: «Con independencia de su aburrimiento, estos libros sirven para calmar a los clientes. Exigen una concentración que les aparta del pavor de la espera». Así es si así os parece, como escribió Pirandello. Compartí un vuelo Madrid-Lisboa con un viejo amigo que trabajaba en el Banco Popular. Oía pero no escuchaba. Le producía un desasosiego especial la acción de despegar. Cuando el avión abandonó la pista y se dirigió a las alturas, leía con atención e interés el CBA. Es decir, el ABC al revés. Le ayudé con mucho tacto a voltear el periódico con objeto de facilitarle la lectura. Durante el vuelo me preguntó en tres ocasiones por mi lugar de veraneo. Su miedo al avión le impedía concentrarse. –En Comillas–, le informé respondiendo a su primera pregunta; –¿Y tú?–; –Yo en el Puerto de Santa María y Sotogrande–. Sobrevolábamos Talavera cuando me lo volvió a preguntar. –¿Dónde veraneas? –En Comillas. ¿Y tú?–. –Yo en el Puerto de Santa María y Sotogrande–. Se inició el descenso, y para aliviar su pánico me formuló por tercera vez la misma pregunta. –¿Dónde veraneas?–; le cambié la respuesta. –En el Puerto de Santa María y Sotogrande. ¿Y tú?–. Y me respondió: –Yo, en Comillas–. No daba pie con bola.

Un movimiento brusco celebrando el cuarto gol del Real Madrid a la Juventus en la gloriosa final mayera de la Liga de Campeones, me produjo un agudo tirón muscular. Desapareció el dolor a las pocas horas. Un dolor confortable, dados su origen y motivo. Pero anteayer , jugando a los bolos montañeses, que a partir de ahora, por aquello de no dañar la susceptibilidad del género femenino de izquierdas pasará a denominarse «bolos y bolas», se presentó de nuevo el emboscado tirón. Acudí a un traumatólogo de Santander que ofrecía a sus pacientes, entre otros, el Libro Oficial de los Tontos, que no es otro que el Libro Guiness de los Récords.Un traumatólogo no origina el pánico como un dentista, y más aún si la lesión es leve. Me recomendó ajustarme una rodillera elástica, y aquí estoy, divinamente. Y disfruté leyendo las tonterías que hace la gente para figurar en este libro de tontos. Una localidad de Cataluña fabricó, con la ayuda de centenares de sus vecinos, el mayor bocadillo de salchichón de la Historia. Un pan de cien metros de longitud con decenas de miles de rodajas de salchichón en su interior. Un japonés posee el récord de sexar pollos de gallina. Trabaja con dos grandes cestas a su lado. En una deposita a los machos y en el otro a las hembras. No recuerdo su nombre, pero sí, aproximadamente, su hazaña. En diez minutos determinó el sexo de 967 pollos. Su ilusión era llegar a los mil, pero se quedó con las ganas, aunque figure en el Libro de los Tontos. En Baviera vive el récordman mundial de consumición de cerveza. Veinticuatro jarras de litro en cinco minutos. Me he interesado en su gesta, y según tengo entendido, Otto Von Kaisenberg falleció minutos más tarde de culminar su epopeya. Y figura la paella – ya sé que lo correcto es escribir «arroz» y que la paella es el chisme donde se cocina–, más grande del mundo. Intervinieron cien cocineros, que movían el arroz con enormes palas, y cuando se cumplió la gran marca, el arroz fue distribuido entre el público asistente. Se repartieron dos mil raciones de arroz y la mitad se quedó en el cacharro. Cuando estaba en la mayor ensaimada del mundo me reclamó la enfermera y pasé a la consulta del doctor. Una ensaimada de cuarenta metros de diámetro. Recordé a mi querido amigo, el histórico comandante de Iberia Rafael Castillo, que perteneció a la generación gloriosa de los Pombo, los Arango, los Dávila, y los Ozores. Volaba de Barcelona a Palma y de Palma a Barcelona en un DC-3 de ida y vuelta seis veces al día, doce trayectos. Para no confundirse de origen y destino, descorría la cortinilla y si abundaban las parejas besándose y metiéndose mano el vuelo era de Barcelona a Palma, y si abundaban los paquetes de ensaimadas, era de Palma a Barcelona.

En fin, que ya he encargado a mi librero de Santander, la Librería Estudio, el Libro Guiness de los Récords, o lo que es igual, el gran Libro de los Tontos. Muy instructivo y adaptable al placer del verano.