El marqués de Griñón, todo elegancia

Con este otoño que siempre juega al despiste con la climatología –hay que explorar mucho en el fondo de armario para no pasar del frío al calor en cuestión de horas–, los varones siempre juegan con ventaja con respecto a las damas. Uno de los múltiples ejemplos se vivió ayer en la sede de LA RAZÓN. Los hombres acudieron con su perceptivo traje con corbata mientras las féminas ya avanzaban algunas de las tendencias que ya han salido de los escaparates para pisar fuerte en las calles. Algunas pistas: se puede recorrer esta estación con toda la paleta de grises que está en el mercado. Ahí estaban la ministra de Trabajo, Fátima Báñez, y la presidente de Castilla-La Mancha y secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, que combinó con acierto gris sobre gris, mezclando tonos y texturas sin que fuese una afrenta para los daltónicos. La nota de color la puso la presidenta de la CNMV, Elvira Rodríguez, una de las políticas que más sonríe, eso sí, cuando toca y sin ningún artificio.

El tiempo, el que se cronometra, también jugó a favor de los invitados también estuvo a favor de Miguel Arias Cañete, tan entrañable él con su barba blanca y esa prosa directa que acostumbra a aderezar con un humor marca de la casa, que llegó veinticinco minutos antes de empezar su intervención con gesto solemne –la agricultura, la pesca y la alimentación bien lo merecen– y una carpeta roja con el membrete del ministerio. Poco después, hizo acto de presencia el titular de Interior, Jorge Fernández Díaz, que apenas podía separarse de su móvil en la previa al coloquio. Lógico si se tiene en cuenta que está al frente de uno de los ministerios más sensibles.

Eché de menos en Eduardo Zaplana esas gafas de fina montura azul de pasta que ha lucido en ocasiones y que se pone y se quita con soltura separando la montura. No es que fueran imprescindibles, pero como complemento, y gesto de coquetería masculina, tenían un no-sé qué-qué sé yo que alegraba la vista. Javier Arenas, siempre cercano y mirando directamente a los ojos a su interlocutor, estrechaba manos y lucía sonrisa, como si la estrenase por primera vez. Cualidad siempre a señalar y que es el santo y seña de los políticos experimentados.

Punto y aparte literal merece el marqués de Griñón, uno de esos señores que es elegante aunque no se lo proponga. Reputado viticultor, y tantas cosas más, sabía acaparar miradas sin hacer alardes. Por altura, que siempre es un plus, y por de transitar por la vida, que lo mismo pisa con donaire una evento social que sus viñedos de Malpica de Tajo. Admito que tuve la tentación de preguntarle por su hija Tamara Falcó, pero sus incesantes miradas al móvil –esa nueva estrategia para evitar conversaciones innecesarias sin perder las formas– de hicieron dar un paso, y dos, atrás. Junto a él su hermano, el marqués de Cubas, con el que mantenía una conversación entre susurros. ¿Familiar, circustancial? Quien lo sabe, dado que son dos hombres que han hecho de la discreción una virtud.