El martirio y el ridículo

Definamos con rigor la acción que está protagonizando en una secuencia en apariencia interminable Artur Mas: en puridad no pasa la categoría de la charlotada, de la astracanada, incluso con algún ramalazo bufonesco. Es así. Pero ¿qué cree que está emulando el muy honorable presidente del Gobierno catalán? Es sencillo. El camino del mártir que se desvive por su pueblo, del héroe que se enfrenta cara a cara con temibles gigantes para acabar con las injusticias, del prohombre que se afana en liberar a quienes le siguen del yugo y las cadenas de una potencia opresora y extranjera.

En efecto, lo que suena a episodio bíblico o medieval se convierte de un plumazo en el simple ridículo en el año 2013, en el corazón de Europa, en el centro del mundo desarrollado, allí donde nadie se obstina en levantar muros, sino en fomentar espacios de diálogo y cooperación. Nadie, claro, salvo quienes padecen algún tipo de desequilibrio por investigar y descifrar. ¿Tan difícil es entenderlo? Para las cuadriculadas y obtusas mentes del independentismo, sí. Pero no para ciudadanos como Mariano Rajoy, que le ha dicho no a Más, sino al conjunto de los españoles, lo que querían y debían escuchar. La integridad territorial del Estado y el futuro de este país no es algo que pueda ponerse sobre el tapete y jugarse, o en la barra de una taberna y discutirse. Esto no se resuelve mediante una partida de cartas ni a través del tráfico de monedas.

Parafraseando aquel viejo y atinado aforismo, el inquilino de La Moncloa ha entendido que es un error mayúsculo discutir con quien padece algún tipo de trastorno o carencia. Porque te hace descender a su nivel. Porque allí, patéticamente, te gana por experiencia. El Partido Popular está en un momento crucial donde hay que estar, ni un paso por delante ni uno por detrás. ¿Se entiende?