El mismo Dios

Cuando Rosa Montero le pregunta a Malala, la adolescente de la paz, cuál es su objetivo en la vida, ella contesta que unir a la gente de su país, que quiere ver la igualdad entre todos y la justicia. Después explica cómo hacerlo: “ Tengo que conseguir poder, y el verdadero poder consiste en la educación y el conocimiento. Además nos hace falta un escudo, que es la unidad del pueblo. Cuando la gente me acompañe, cuando los padres de las niñas me acompañen, cuando estemos juntos, me apoyarán con su voz, con su acción, con su compasión. Cuando nos apoyemos los unos a los otros, cuando nos eduquemos, cuando logremos ese poder, podremos con todo. Y entonces volveré a Paquistán”. Releo sus palabras y vuelvo a emocionarme hasta las lágrimas. Me pregunto cómo una mujer de dieciséis años puede expresar con tanta claridad mi propio deseo. Cómo una niña paquistaní puede luchar con su alma y su fuerza por lo mismo que una curtida dramaturga española. Y creo que es porque todos tenemos el mismo Dios. El problema es que no nos damos cuenta y lo fragmentamos, lo hacemos tantos dioses como cada uno de nosotros, como cada ego humano desbocado. Porque si lo piensan un instante verán que sólo cuando los hombres acompañen a las mujeres, y los padres a las niñas, y los niños a los viejos, y los inteligentes a los otros, y los otros a los unos con compasión, que sólo cuando nos unamos para apoyar la voz de la igualdad y la justicia, podremos regresar. Y no a Paquistán ni ningún otro país concreto, podremos regresar a la paz. Gracias pequeña Malala, por prestarnos tu mirada íntegra. Tu voz inmensa.