El que merecemos

El Palacio de los Deportes renació de las cenizas a las que le redujo un voraz incendio en 2001. El nuevo Palacio, construido sobre el mismo solar del devastado por las llamas, se inauguró el 16 de febrero de 2005. Está a punto de cumplir diez años, y tengo la impresión de que no ha respondido a las expectativas exigidas para una dotación de esta características en una gran ciudad como Madrid. A pesar de que se han celebrado múltiples competiciones deportivas y eventos musicales, quizá no ha tenido una explotación a nivel de sus posibilidades, de las expectativas despertadas.

En el lugar donde hoy se emplaza el Palacio de los Deportes, estuvo hasta 1934 la plaza de toros de la ciudad, inaugurada en 1874, tras derribarse la situada junto a la Puerta de Alcalá. Tras demolerse el coso taurino, quedó una amplia extensión de terreno en lo que todavía era una zona poco poblada de Madrid. Así permaneció, hasta que se llegó al acuerdo de construir en esa parcela lo que la capital de España aún no tenía: un gran Palacio de los Deportes, que fue inaugurado en 1960, con capacidad para 15.000 espectadores. A lo largo de su historia acogió un importante número de competiciones deportivas nacionales e internacionales, así como conciertos y espectáculos musicales de indudable calidad. En los ochenta fue escenario de grandes conciertos, programados dentro de las fiestas de San Isidro, y en uno de éstos fue donde el alcalde Enrique Tierno pronunció la célebre y polémica frase de: «Quien no esté colocado, que se coloque, y al loro». En 1985 pasó a ser propiedad de la Comunidad de Madrid.

Ahora, casi diez años después de la inauguración del nuevo Palacio de los Deportes, debe abrir sus actividades a nuevas posibilidad de ocio, convertirse en un referente al estilo de lo que para las ferias y congresos son los recintos de IFEMA, en el Campo de las Naciones. Madrid debe quitarse ya el triste complejo psicológico del Madrid Arena, y contar con un recinto abierto a todo tipo de espectáculos, a nuevas actividades; también polo de atracción turística, volver al esplendor que tuvo en su día el devorado por las llamas.