El quejica

La Razón
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Se queja amargamente un tal Trueba del muy descriptible éxito en taquilla de su última película. Recuerdo un gran artículo de Gabriel Albiac, aquí en LA RAZÓN, en el que proponía que los contribuyentes pudieran acceder con todos sus derechos a las salas donde se proyectan películas españolas subvencionadas mostrando una fotocopia del IRPF. El público libre y soberano no es tan tonto como pretenden los cineastas que han chuleado en los Presupuestos Generales del Estado. No se paga dos veces por ver lo mismo, y menos aún –me han llegado informes precisos–, cuando el producto roza o se adentra en los espacios del petardo.

El tal Trueba, con su visión panorámica de las cosas, pretende abarcar todos los beneficios de la generosidad ajena. Se estercola en España cuando recibe un premio del Ministerio de Cultura que le han pagado todos los españoles, y ama apasionadamente a España cuando los españoles le dan la espalda como consecuencia de sus desprecios. Según los datos del Ministerio de Cultura, el tal Trueba recibió una subvención de dinero público de 721.646 euros para producir su supuesta película «El artista y la modelo». Le concedieron otra subvención de dinero público de 848.383 euros por «El Baile de la Victoria», y una tercera de 810.000 euros por «El Embrujo de Shangai». Ha producido sus películas gracias al esfuerzo del trabajo y los impuestos de los españoles, y ahora se queja del escaso entusiasmo que ha despertado su última producción, estrenada en más de un centenar de salas, muchas de ellas abarrotadas de sillones vacíos durante sus respectivos pases.

El Cine español es muy malo, por sectario, parcial y estancado. El pastel del que se alimenta, que proviene en buena parte de los impuestos de los españoles, se lo reparten los de casi siempre. Creo que la película se titula algo así como «Reinar en España», o «Los Reyes de España», o «La Reina de España». Y que trabaja Penélope Cruz. Como si Penélope Cruz fuera un reclamo artístico y publicitario fundamental. En España, esa nación que Trueba odiaba cuando España le premiaba –lo cierto es que el premio se lo adjudicó un Jurado influído por Lasalle–, hay un centenar de actrices de la nueva hornada infinitamente mejores que la inteligente arribista de Alcobendas, cuya voz y sobreactuación merecen un comentario aparte. No es creíble una Reina de España interpretada por esta chica tan mona. Y no es creíble un equilibrio histórico allá donde el tal Trueba esté presente. El Cine subvencionado se mueve todavía por una de las partes que combatieron en una Guerra Civil y que perdió ochenta años atrás. Ni el tal Trueba ni nadie se ha atrevido, por ejemplo, a producir una película del genocidio de Paracuellos, con Juan Diego representando a Largo Caballero, el Gran Wyoming a García Atadell y Juan Diego Botto caracterizado de Santiago Carrillo. Argumentos hay de sobra para ello. De atreverse a hacerlo, podrían actuar la madre de los Bardem en la piel de Margarita Nelken, y sus hijos dando vida a Riquelme y «Dinamita», dos milicianos inmisericordes y brutales, papeles que bordarían con esplendor.

Los españoles están hartos de sesgos y repeticiones, de guardias civiles perversos, de militares nacionales malvados, de bondadosos milicianos y maquis y de mujeres terroristas elevadas a rosas inmaculadas. Eso es el cine español, y para colmo, España es la que paga con los impuestos de los españoles semejantes birrias.

Si al menos quisieran a España, la gran pagadora, tendría el chuleo una pequeña explicación. Pero no. La tergiversan, la inventan y cobran de ella. Y al público español, que todavía es libre, no se le puede obligar a seguir pagando por ver un Cine que ha dejado de interesarle.

Al menos, si alguien se atreve a perder unas horas viendo lo último del tal Trueba, que lo haga sin pagar, a cuenta de las anteriores subvenciones.