El Seat «600»

Ha cumplido sesenta años. Se dudó, en un principio, entre fabricarlo en Barcelona o Valencia. En un profundo alarde de anticatalanismo, el Gobierno del Generalísimo Franco optó por Barcelona. Un ataque frontal, un torpedo en la línea de flotación del F.C. Barcelona, que ya le había concedido a Franco su primera Medalla de Oro y se disponía a entregarle la segunda. Anécdotas y baratijas. Lo cierto es que, con el primer Seat «600» se abrió la libertad de muchos españoles. No era barato. En el año 1957, 50.000 pesetas era mucho dinero. Pero los españoles se hipotecaron, y poco tiempo más tarde decenas de miles de «600» circulaban libres por las carreteras de España. Se crearon himnos gloriosos. «Adelante, hombre del “600”, la carretera nacional... ¡es tuya!». Aquella lucecita roja que se encendía cuando el motor era una fragua. En tal caso había que airear el motor, sito en la parte trasera, aguardar en la cuneta que la temperatura descendiera, rellenar el depósito de agua, y ¡adelante! En un viaje normal entre Madrid y San Sebastián, la lucecita roja se encendía en los siguientes puntos: El Molar, Robregordo, Honrubia de La Cuesta, y Lerma con anterioridad a la llegada a Burgos. Superado Burgos y después del desayuno en el Landa, donde se hacía acopio de botellas de agua, la lucecita roja se encendía de amor y calores en Pancorbo, el puerto de Echegárate y Tolosa. Llegados a San Sebastián, el comentario de siempre. «El viaje buenísimo. Sólo hemos tenido que parar ocho veces. Y no hemos pinchado. Este coche va como un tiro». Diez horas entre Madrid y San Sebastián se consideraban aceptables y moderadas.

Los traumatólogos, por aquellos tiempos, se acostumbraron a recibir pacientes con los huesos desencajados. Hombres y mujeres. Ganaron mucho dinero los traumatólogos con los practicantes del sexo en los interiores de los «600». Mujeres que acudían con una pierna sobre la cabeza y hombres que se presentaban con la cabeza bajo su muslo izquierdo. Al fin surgió el nuevo modelo, que incorporaba a su modestísimo cuadro de mandos, el avisador de la temperatura con aguja y un mechero de mano que no soltaba chispas cada vez que se intentaba encender un cigarrillo. Por otra parte, el volante rebajó unos pocos centímetros su circunferencia y el cuentakilómetros pasó de ofrecer una máxima velocidad de 100 a 110 por hora. Los pijos principiaron la moda del «600» preparado, muy ruidosos y con los neumáticos más anchos, lo cual les deba la oportunidad de llegar con más prontitud a su cita amorosa o al «parking» de la libertad.

Un decenio más tarde, nació el espantoso «800», que era un seiscientos alargado, de enorme fealdad y éxito discutible. Los «600» tradicionales mejoraron paulatinamente, y a los conductores de nulo donaire volantil se les asignó el nombre de «domingueros», es decir, aquellos que sacaban el coche exclusivamente los domingos para recorrer las cercanías con toda la familia, aunque fuera numerosa. Se abrían las portezuelas y surgían el padre y la madre. Se tumbaban hacia adelante los respaldos de los asientos principales, y de la zona trasera aparecían por este orden los siguientes homínidos y objetos. El niño mayor, la niña ya crecidita, la abuela con la falda arrugada, el niño mediano, la tía soltera, el niño pequeño, la cuna del bebé, el bebé, el biberón del bebé, el sonajero del bebé y finalmente la hija mayor, que estaba buenísima.

Libertad y libertad. El «600» fue el primer paso de la libertad de los españoles. En Barcelona ya se hacía el Seat 1.400, y se pensó en Valencia para fabricar el «600». Pero El Jefe del Estado, que era muy anticatalán decidió que se hiciera en Barcelona, y por mi parte –como diría Fraga–, no tengo más que decir. ¡Viva siempre el «600»!