El trabajo de mi padre

La Razón
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Hoy se celebra el Día del Trabajo, fecha simbólica que concita toda suerte de emociones históricas. A mí personalmente me recuerda el orgullo con el que lo vivía mi padre, el cual era un trabajador, aunque le gustaba llamarse obrero. Recuerdo sus aspiraciones en los últimos años de la dictadura para poder celebrarlo, así como su sentido de militancia en un sindicato obrero y, sobre todo, recuerdo su fuerte sentimiento de reivindicación del necesario cambio político en España hacia un régimen de libertades, las cuales en aquel momento se encontraban hurtadas. Pero lo que más recuerdo, y lo que más ha marcado mi vida es que mi padre, si bien estaba orgulloso de su condición de obrero, nunca me inculcó la existencia de una clase obrera, sino al revés, me enseñó que la vida está llena de oportunidades y que en España con el advenimiento de la democracia, la igualdad de oportunidades estaba garantizada, advirtiéndome de que todo iba a depender del esfuerzo personal que empleara en mi formación. Erradicó de mi código personal cualquier atisbo de existencia compartimentada de clases, así como el concepto de lucha de clases, mostrándome que la lucha personal basada en el esfuerzo y responsabilidad era lo importante, lo cual me ha guiado toda mi vida y me ha sido útil incluso para afrontar mis enormes errores, buscando en uno mismo la causa de los mismos, sustrayéndome a la muy generalizada disculpa en los demás. Hoy en día, el concepto de lucha de clases vuelve a estar de actualidad y ello a pesar de la fuerte reducción de la desigualdad que se ha producido en España en los últimos cuarenta años. Sin embargo, vuelven a surgir discursos sobre el eterno conflicto entre las dos clases sociales pretendidamente existentes, los que producen y los que no producen, en definitiva, entre explotadores y explotados, recuperando el más puro pensamiento marxista. En mi opinión, progreso y bienestar no se entienden adecuadamente si no se tiene en cuenta cómo se reparten los beneficios del crecimiento económico y por ello la desigualdad ha de ser muy tenida en cuenta. Ahora bien, ni todo crecimiento es siempre bueno ni toda la desigualdad es negativa, pues es fundamental investigar las causas. En este sentido, en un país como España, en el que gozamos de un alto grado de bienestar social, el desempleo y sobre todo el fracaso escolar se presentan como las causas más trascendentes en la generación de desigualdad, y no el sistema político y económico bajo el cual nos relacionamos. Decía Lincoln que «todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son» y estoy totalmente de acuerdo con este pensamiento. En una democracia liberal como la nuestra es tan importante ofrecer una debida igualdad de oportunidades como enseñar a aprovecharlas, de tal modo que se forje en el ciudadano un sentimiento de superación y responsabilidad personal que le permita, y le seduzca, utilizar todo aquello que se le ofrece para mejorar su vida. Pintar un panorama desolador y recuperar la vieja lucha de clases no es la mejor noticia para luchar contra la desigualdad.