El valor de la vida

Cada día estoy más convencida de que no atravesamos una crisis económica, sino una de valores, la cual ha puesto de manifiesto que la sociedad ha abjurado de su lado espiritual. Perdida esta conexión, la ética se resiente y los valores se resquebrajan olvidando el contacto con la realidad del sentido de la vida. Consecuentemente, el ser humano pasa a ser un objeto desechable o cambiable según se tercie. La cultura humanoide de «sanZPdelasruinas & Cía» propició declaraciones tales como «un feto es un ser vivo pero no un ser humano», o que la gente dejase de escandalizarse ante la eutanasia: pues a su entender, la vida no es cosa de Dios o del alma, sino algo carente de valor. De hecho, muchos comparten ese enfoque de los socialistas basado en el egoísmo e «interesismo» con el que se relacionan con el ser humano, puesto que para ellos las personas tienen precio, que no valor. El aborto, el renegar de los abuelos (otrora padres), la eutanasia y otras faltas de ética humanas no son síntomas de una sociedad avanzada sino deshumanizada. Una sociedad sana tanto a nivel espiritual como psicológico, se rige por el principio de igualdad sin importar edad, condición social, o si se tiene alguna discapacidad o cualquier otra circunstancia. Todos somos igual de valiosos. La igualdad es un derecho consustancial a todos. Más nos vale recuperar el sentido de la vida, y reconocer lo que de verdad importa. La generosidad y la compasión nos libran de depresiones y soledades varias. Devolvámosle a la vida su valor.