En busca de respuestas

Hace 50 años, un muchacho norteamericano lanzó al Atlántico un tarro de cristal que contenía un mensaje con cuatro preguntas y un ruego: «Por favor, rellene el siguiente cuestionario y envíelo por correo. Esto es un experimento científico». Escrupuloso y precavido, el joven Dennis acompañó el texto con su dirección de New Jersey y una moneda de 5 centavos para el sello. Las preguntas eran muy sencillas y fáciles de contestar: «¿Dónde se encontró el tarro? ¿Cuándo se encontró? ¿Cómo se encontró? ¿Hay algo más que pueda ayudarme?». Las respuestas acaban de llegar, según ha informado la Prensa.

El experimento ha requerido medio siglo de espera, pero ha concluido con éxito, si bien no como prueba científica. Lo que contenía aquel inocente bote de crema de cacahuete no era una encuesta para comprobar la deriva de las mareas, sino que planteaba nada menos que los fundamentos de la Filosofía. Así que las respuestas no debían defraudar las expectativas de un crío que confiaba sus dudas al mar. El tarro ha sido encontrado hace poco por un barrendero entre la basura y los despojos arrojados a la playa por un huracán... a sólo 300 metros de donde fue lanzado en 1963. Resueltos el dónde, el cuándo y el cómo, el único interrogante sin contestar ha sido el último, el que tal vez no tenga contestación posible. Lo que aquel crío pedía saber era si hay algo más de lo que ya conocemos que pueda ayudarnos a descifrar por qué la aventura de la vida se consume en apenas 300 metros de Universo para, al cabo, recalar en la playa como resto de un naufragio. Es la misma pregunta que desde hace milenios impulsa al hombre a indagar más allá de los océanos en una búsqueda incesante sobre sí mismo. El experimento de Dennis no es muy diferente del que la NASA realizó en 1977, cuando envió al espacio las sondas Voyager con un disco adosado que contenía información básica del hombre y la Tierra, con la esperanza de que al otro lado de la galaxia alguien recibiera el mensaje. La sonda acaba de abandonar el sistema solar y lo cierto es que todavía no ha aparecido el barrendero espacial con el cuestionario cumplimentado. Pero la pasión del niño y la de los científicos era esecialmente la misma: bucear en los confines del mundo las respuestas que no se encuentran en la playa. Cuando al señor Dennis le preguntaron meses atrás a qué conclusión había llegado con su experimento infantil, respondió como se espera de un filósofo que sigue lanzado botes al mar sin perder la esperanza: «Cualquier cosa es posible». Aunque jamás lleguen las respuestas y el oleaje nos devuelva sólo despojos, son las preguntas las que alumbran el futuro.