Entre el horror y la esperanza

La Razón
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El acuerdo firmado con Irán para limitar sus actividades nucleares ha llenado de esperanza el corazón de algunos de los entendidos y de horror el de otros. Los vecinos más inmediatos se cuentan entre los horrorizados, pero el mundo en general, con nulas posibilidades de conocer, no digamos entender, las intrincadas complejidades de un documento de 159 páginas subdividido en cerca de mil puntos, lo ha recibido con despreocupado alivio, dando por supuesto que resuelve un engorroso problema, plagado de distantes peligros.

Entre expertos e implicados en el tema, con Obama a la cabeza, la división ha sido entre los que pensaban que cualquier acuerdo era mejor que ningún acuerdo y los que sostenían que ningún acuerdo era mejor que un mal acuerdo. Ante el texto, el abanico de opiniones va desde los que afirman que ha resultado mejor de lo que cabía razonablemente esperar frente a los que dicen que superó en negativo a los que imaginaban como lo peor posible.

Tras las dificilísimas negociaciones, que se remontan a hace más de diez años y a dos en ésta su última fase, hay un fondo de surrealismo debido a que todo el esfuerzo ha tenido por objeto impedir que Irán llegara a ser lo que siempre, y de la más rotunda manera aseguraba que no quería ser y jamás había hecho nada por serlo: una potencia nuclear, en la dimensión militar. De ser ello verdad, no hubiera habido nada que negociar, pero el choque entre realidad y ficción ha complicado enormemente las cosas, lo que Irán ha aprovechado siempre para ganar tiempo en la consecución de sus inconfesados propósitos. La solución final está plagada de concesiones al país que ha estado sistemática y demostradamente violando el Tratado de No Proliferación Nuclear, uno de los pilares del orden mundial; entre ellas, la de no exigirle que cuente la historia de sus transgresiones.

Como no se ha hablado de armas nucleares, todo el trato ha versado sobre las porfiadas actividades de Irán para obtener los materiales de los que se hacen las bombas: el uranio enriquecido y el plutonio. Para quienes se sienten amenazados por las aspiraciones iraníes, lo único tranquilizante es que renuncie por completo a esas actividades, supuestamente civiles. Muchos países, el nuestro por ejemplo, tienen centrales nucleares para la producción de energía, y no fabrican su propio combustible, lo que significa que han renunciado al conocimiento de las correspondientes tecnologías. Eso es lo que explícitamente había prometido Obama como objeto de su diplomacia iraní, pero a ello renunció desde el principio de las conversaciones, dispuesto a conseguir un acuerdo a cualquier precio, convencido desde su llegada al poder de que por imperfecto que sea cambiará todo el explosivo panorama del Oriente Medio y le asegurará un puesto destacado en los libros de historia. Como peón de brega ha tenido al secretario de Estado Kerry, aspirante al Nobel de la Paz.

El documento final, llamado Plan de Acción, limita de manera importante, por un periodo de diez años, las actividades iraníes de enriquecimiento de uranio y obtención de plutonio en las instalaciones donde es bien sabido que se desarrollan, las cuales estarán sometidas a una eficaz vigilancia internacional, pero sin que el programa iraní pierda definitivamente nada de lo conseguido ni paralice las investigaciones científicas y tecnológicas al respecto, con lo que cumplido el plazo todo puede reanudarse en muy poco tiempo y desarrollarse más deprisa que hasta ahora.

Lo inmensamente problemático son las posibles plantas secretas actuales o futuras, por ejemplo en instalaciones militares, que funcionen clandestinamente como lo han hecho durante muchos años las que ahora se ralentizan y someten a control. El detectar su existencia por los medios que contempla el tratado es prácticamente imposible y el acceso para inspeccionarlas está reglamentado de tal forma que puede costar meses entrar en ellas.

Todo, en definitiva, depende de la evolución del régimen islámico, que en todo momento ha proclamado que mantiene intacta toda su furibunda y amenazadora hostilidad contra Estados Unidos e Israel y no cede lo más mínimo en ningún otro campo. Si nada cambia, como es el propósito de los actuales líderes, cabe esperar que el complejísimo articulado del Plan de Acción dé lugar a una continua guerrilla de desafíos e interpretaciones que mantengan perpetuamente la tensión y permitan a Teherán presentarse como víctima de un intransigente hostigamiento. Son expertos en la táctica del salami: ir arrancándole lonchas muy finas de modo que cada una de ellas no pueda desencadenar una rescisión de todo lo acordado, pero, aunque lo hiciera, el levantamiento del régimen de sanciones tan laboriosamente montado a lo largo de una década y palanca que ha forzado a los ayatolás a aceptar lo que ahora se les impones, resulta por completo irreversible. El supuesto restablecimiento en caso de violación hay que considerarlo como una ingenua falacia y una enorme concesión a Teherán.