Entre vertebrar la izquierda o hacerse un craxi

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En 20 años dos importantes referentes del socialismo internacional, y concretamente mediterráneo, plegaron velas y cerraron el kiosko en un final bochornoso y lamentable para todos los habitantes de sistemas políticos de libertades. El Partido Socialista Italiano no cayó solo, sino junto a los poderosos Partido Comunista y Democracia Cristiana, artífices de la política europea de posguerra, arrastrados todos por la tolvanera de la «Tangentópolis», las denuncias de los abogados y fiscales de Mani Puliti y una corrupción institucional y personal que hace de la española un juego con ábaco, a más de las conexiones con las mafias territoriales. En 1994, el PSI alcanzó su perigeo con un 2,5% de los votos y su líder, un miserable Bettino Craxi, se exilió de por vida en una fastuosa villa tunecina a resguardo de cualquier extradición. En la recuperación de la democracia uruguaya le escuché en Montevideo una emocionada perorata sobre la superioridad moral del socialismo, propia de quienes se consideran por encima de los demás. Italia quedaba al albur de los Berlusconi o Beppo Grillo y sus «5 estrellas».

En 2015, ayer como quien dice, Venizelos vendió lo que quedaba de la herencia de los Papandreu, relegando al Pasok (Movimiento Socialista Panhelénico) al séptimo lugar parlamentario con el 5% raspado de los sufragios, dejando el camino expedito a los frustrados y frustrantes experimentos de Syriza y aumentando la presencia de una extrema derecha nazi como es Amanecer Dorado. Ya es un axioma que los descalabros de la socialdemocracia aportan demagogia y populismo, y a ningún demócrata se le ocurre celebrar tales fracasos. El PSOE está muy lejos de seguir los pasos de sus correligionarios griegos o italianos pero, al menos desde la conversión de Felipe González en jarrón chino, está tocando puntos peligrosos de inflexión, que le han llevado a tener en las elecciones de hoy un segundo puesto y, aunque mejor de lo esperado, uno de los peores resultados de su historia. Detrás de la cara amable que va perdiendo, el PSOE no es una congregación de franciscanos. El fundador, Pablo Iglesias, estaba a la izquierda de su homólogo de Podemos (hoy revestido del dulce de Asís) y en su primera intervención en las Cortes monárquicas amenazó al presidente Maura con un atentado personal. No era el amable abuelo de la iconografía de andar por casa. El PSOE dio para todo: Julián Besteiro e Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero (el Lenin español) o Juan Negrín. En 1934 el PSOE convirtió las casas del pueblo en arsenales y se alzó contra la legalidad republicana obligando al general Batet (luego fusilado por Franco) a restablecer el orden en Barcelona y a retomar Asturias con tropas coloniales de las manos de unos socialistas sovietizados y armados con los cañones de las fábricas de Trubia.

En la Transición, Felipe González centró el partido obligándole a optar entre el análisis marxista de la realidad y su propio liderazgo, entonces indiscutido e indiscutible. Encarriló al PSOE en la buena dirección, como partido interclasista, aunque quedaron viejos flecos autoritarios, que persisten.

A José Luis Corcuera, quien fuera ministro del Interior, me unen desacuerdos apocalípticos. La Ley de Seguridad Ciudadana del PP no amordaza a nadie y es constitucional como no se ajustó a derecho la «ley de la patada en la puerta» de Felipe y Corcuera que acaba con el principio de la inviolabilidad del domicilio. Corcuera no entendía que en Francia ni con mandamiento judicial puede la Policía allanar una casa durante la noche, debiendo esperar al amanecer. Luego los GAL demostraron que con ETA terminaba la Guardia Civil y no los poceros de las cloacas del Estado como suponía Felipe. Comiendo en su habitación del «Ercilla» de Bilbao me hizo la pregunta imperdonable: «¿Y a ti que te parece si los matamos?». A Corcuera le reprochaba la contratación de la hez de la mafia marsellesa y la policía portuguesa. «A ver si te crees –contestó– que estas cosas se hacen con catedráticos de filosofía». Acabaron metiendo a la gente en cal viva como ha recordado el mosquetero podemita, y es que un repunte sectario brota de tarde en tarde en el imaginario socialista. Sectarismo denunciado por el ya histórico Joaquín Leguina en sus últimas y lucidas publicaciones y que desvió a Rodríguez Zapatero del tronco socialdemócrata para hacer del PSOE otra cosa, que perdura con Pedro Sánchez.

Uno de los primeros en advertir la deriva de ZP fue Felipe González que, alarmado, pidió verle para hablar de la política partidaria. ZP le citó en Doñana para un almuerzo al que también invitó a todo lo que se movía en el socialismo andaluz. Había tanta gente en el ágape que, como comento Felipe, «solo faltaban los guardamontes del parque». Una forma cortés y retorcida de decirle a Felipe que continuara ejerciendo de jarrón chino. ZP creyó que el PSOE era el partido de los progres, cuando su base social es muy otra; abolió graciosamente el bipartidismo en el pacto del Tinell metiendo al PP en el congelador; nunca explicó que había negociado con ETA y abrió la caja de Pandora de la territorialidad auspiciando un nuevo estatuto catalán que nadie pedía ni necesitaba. Su paso por el PSOE abrió más puertas al populismo que los indignados del 15-M. Sánchez llega hasta el asamblearismo consultando a las bases para puentear a un Comité Federal que le observa con alarma. Otro que no entiende que junto al PP vertebra la derecha y la izquierda del país. Pactaría su presidencia con Iglesias, si le dejaran. Si no muda de criterio será Venizelos o Craxi. Una catástrofe para toda España.