Felices fiestas

En otra época, tan pasada que me parece una vida anterior, ejercí la abogacía. Fue entonces cuando descubrí que determinados delitos se multiplicaban en la época de Navidad. No me refiero al robo de hogares vacíos o a atracos en las calles, sino a los derivados de la violencia surgida en torno a la mesa, caldeados por las nulas ganas de sentarse con ciertas personas y por el excesivo consumo de alcohol. Desearía yo aportar mi granito de arena a la felicidad de estas fiestas sugiriendo algunos consejos. 1. Acepte que la vida no es fácil y que no dejará de ser difícil por estar en diciembre. Así es, y eso incluye cenas y comidas indeseadas. Procure, pues, disfrutarlas viendo el lado bueno, como que se encuentra con seres queridos –alguno habrá– que puede desempolvar recuerdos gratos y que, pese a la crisis, es una ocasión especial. 2. Desembarácese de rencores. Pocas circunstancias erosionan más el espíritu que el resentimiento. Hágase el firme propósito de perdonar todo y a todos en estas fiestas, sino por imperativos morales, sí por sanidad mental. Lo agradecerá su salud. 3. Intente pensar en algo elevado. La tentación será quejarse de Montoro y de la marcha de la economía. Resístala. Reflexione, por el contrario, en que si estos días son especiales se debe no a los grandes almacenes, sino al hecho de que Jesús nació hace ya veinte siglos. Puede que sea usted agnóstico o incluso ateo. Es respetable, pero, por una vez, medite en el hecho de que quizá puede estar equivocado y que entonces tendrá que asumir las consecuencias. 4. Acepte humildemente que no se va a quedar en este mundo. Basta ver las bajas desde su infancia hasta hoy para percatarse de que la gente no vive eternamente. No se deprima por ello. Por el contrario, asuma el propósito de vivir para el mañana. No anclado al pasado o aferrado al presente, sino construyendo para sus hijos y sus nietos de la misma manera que ellos deberán plantar árboles y alzar edificios para las generaciones venideras. Y 5. Dé gracias a Dios. Sí, lo que acaba de leer, porque si el trabajo es malo, al menos, tiene un empleo; y si está desempleado, al menos tiene salud y una familia; y si está solo y enfermo, los hay que se encuentran en peor situación o incluso se han muerto. Además, aunque le cueste creerlo, Él lo está llamando y desea su felicidad. Nada más. Que Dios nos bendiga.