Fraisolí de Turienzo

El ya desaparecido conde de Fraisolí de Turienzo era, además de una estupenda persona, el mayor pelmazo que he conocido. Existen muchas clases de pesados. El inoportuno, el perforante, el pelmazo del AVE, el interruptor de lecturas, el inesperado en los momentos del amor, el que no sabe irse, y un centenar de subespecies más. Pero el conde de Fraisolí de Turienzo era todos los pelmazos juntos, y para colmo, contagioso. Tomaba el aperitivo estival en la terraza del «Bar Pepe» de San Sebastián, en la avenida de Zumalacárregui. Siempre lo hacía en soledad, y resulta obvio afanarse en explicar el motivo de su permanente ausencia de compañías. Sentía simpatía por aquel tostón viviente, y de cuando en cuando, cumplía la penitencia de sentarme en su mesa. Sabía mucho de jirafas. Y una tarde de nubes cimarronas y chubascos insistentes invirtió tres horas en informarme acerca de las diferentes especies de jirafas, que eran siete si no recuerdo mal. Me tengo por buen conversador y en ocasiones, ingenioso. Aquella noche, mis amigos me dijeron que me había convertido en un seta rotundo. Fraisolí de Turienzo me había contagiado la pelmacería.

Llevo muchos años, más de un decenio, intentando averiguar para qué le sirve al Partido Popular un asesor como Arriola. Mucho me temo que sea pariente del conde de Fraisolí de Turienzo, no por pelmazo, sino por contagioso. Contagia su inanidad, su oquedad, su aburrimiento. No vi el debate de Arias y Valenciano. He leído en algunos periódicos – el mío, La RAZÓN–, que ganó Arias por goleada y en otros que la vencedora fue Elena Valenciano. En lo que sí coinciden casi todos los que se dedican a ver debates y comentarlos posteriormente, es en que Arias estuvo excesivamente tenso y entregado a los papeles, en tanto que ella, Elena Valenciano, se comportó con la singular osadía demagógica que le caracteriza, y que en un debate político siempre resulta rentable.

La mano de Arriola. Miguel Arias Cañete es un hombre de ancha y profunda cultura. Tiene a sus espaldas una brillante experiencia política, tanto en España como en Europa. Es simpático, agudo, ingenioso y relajado. Buen orador. Creo que Arias Cañete no necesita asesores para debatir, discutir, polemizar y vencer sin dificultades con argumentos ajenos al truco dialéctico a Elena Valenciano. Pero según me cuentan mis informadores especializados en debates electorales, Miguel Arias estuvo soso, distanciado de su personalidad, poco natural y entregado a la réplica oportunista y siempre eficaz de su competidora. Y no albergo la menor duda de que ese descenso en la brillantez del candidato del Partido Popular es consecuencia directa de la estrategia de Arriola, del que se dice que está contratado, trabaja e ingresa abundantes dineros –secreto de Estado– para el Partido Popular en beneficio del PSOE.

Esto de los debates es muy complicado. No siempre gana en la calle el que triunfa en el debate, y bueno es que sea recordado el repaso que le metió Manuel Pizarro al ministro de Zapatero Solbes con resultado tan negativo. Solbes se limitó a faltar al respeto a un Pizarro brillante y documentado y a decirle que era un antipatriota por anunciar una crisis económica que no existía. Después ha reconocido su falacia, pero con años de retraso. Estoy seguro de que la cultura y conocimientos de Arias sobrevolaron a los de Valenciano. Eso no garantiza el triunfo. El triunfo de un debate se sostiene desde la naturalidad y la contundencia, esas virtudes polémicas que Arriola no quiere en los candidatos del PP. Pero ya se sabe que en el PP se hizo lo que ordenó Aznar y lo que ahora decide Rajoy, siempre que se cuente con la aprobación de Arriola, el inane contagioso, casi epidémico.