Gambito de caballo

La Razón
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Tras agotadoras maniobras el coronel de un Tercio se emperró en desfilar su tropa ante el Rey Juan Carlos y este agradeció la deferencia: «Muy marciales, pero el único que ha marcado el paso ha sido la cabra». En la parada de los monstruos que nos depara la política nacional, al menos desde las elecciones europeas, la cabra es Mariano Rajoy. Su propuesta podrá no gustar, o hasta resultar impracticable, pero no es nada misteriosa: una coalición PP-PSOE-Ciudadanos, presidida por él, negociando con generosidad y buena fe todo lo que sea menester en pro de cerrar la crisis, perforar yacimientos de empleo y mantener la unidad de la nación. Se le entiende todo, tal como al prometedor jefe socialista no se le entiende casi nada, fuera de su legítima ambición presidencial. Los protocolos de la investidura son imprecisos, están asentados en sobreentendidos y en ninguna parte está escrito quién tiene prevalencia para pedir la confianza del Congreso. Con la numerología que estamos manejando, Rajoy solo puede ir a la Carrera de San Jerónimo a que le tiren piedras y hagan befa, dadas las novedosas maneras de parte de las nuevas Cortes. Está en su derecho el presidente de ponerse a sí mismo entre paréntesis sin renunciar a la mayoría minoritaria que le respalda, a la espera de una hipotética bajamar populista. Que talle el PSOE, si es que acepta comprometerse con el voto venezolano o iraní instrumentado por la alegre muchachada de los becarios en prácticas de política española. En la breve autobiografía de Mariano Rajoy, se atisba mucho del personaje, pero no que el ajedrez figure entre sus aficiones; sin embargo, acaba de hacer un inesperado gambito de caballo, movimiento clásico de defensa por el que, perdiendo una pieza, ganas espacio táctico y, sobre todo, descolocas el ataque del contrincante, forzándole a iniciar una nueva estrategia. En ajedrez no vale patear el tablero, ni sirve ningunear al otro jugador como «plasma» o marmolillo, si no tienes cabeza para prever sus posibles movimientos. Bien es cierto que el gambito de Rajoy habría tenido menos fortaleza de no apoyarse en la incontinencia verbal de Pablo Iglesias, autoproclamado vicepresidente, dándole a Sánchez medio Gobierno hecho y revelando la naturaleza del cambio democrático que propone. Para Iglesias el cielo se toma por asalto, lo que recuerda vagamente la dialéctica joseantoniana de los puños y las pistolas. El general Perón puso en pie el fascismo criollo y Chávez, el latino. El PSOE sabrá con quién se ennovia.