Halcón o avestruz

La desarticulación permanente de comandos yihadistas en las plazas españolas en el Norte de África, la enésima y seguro que no la última fue ayer en Melilla, no espanta el peligro de un atentado en el Sur de España, sino todo lo contrario. Igual que ocurre con los decomisos de droga, la frecuente captura de terroristas indica no sólo la pericia de las fuerzas del orden; indica, sobre todo, que el enemigo es una hidra de mil cabezas en permanente regeneración. Y el turismo, por la onda de expansión informativa que facilita un victimario internacional, es el objetivo prioritario de estos facinerosos, además de nuestra única industria saludable. De modo que cualquier intersticio que hallen en el sistema de seguridad, nos acarreará la ruina por encima de la tragedia. Las dos ciudades autónomas y sus heroicos habitantes constituyen, por consiguiente, el último dique ante la barbarie que encarnan los criminales adoctrinados en (o desde) Marruecos, pues marroquíes eran los asesinos de Ripoll, también los de Madrid en el 11-M y casi todos los que han actuado recientemente en Francia, Bélgica e incluso Finlandia tenían ese origen. No es cuestión de seguir negando la evidencia por mera adhesión a los cánones de la corrección política porque el problema con el vecino magrebí es morrocotudo. Según publicó el INE hace un mes, en Andalucía hay censados 150.800 súbditos alauitas y si los porcentajes de radicalización se asemejan a los de aquellos países en los que sí se atreven a elaborar estadísticas serias, resulta que convivimos con un pequeño ejército de potenciales terroristas. El peligro, se ignore o se considere, va a seguir ahí. Los gobernantes sabrán cuál es la actitud responsable y cuál la que acarreará lamentaciones.