Igual que ayer

Yo igual de rica, o igual de pobre que ayer, según se mire. No soy jugadora de juegos de azar, sólo compro un décimo para no sentirme más extraña de lo que ya me siento en estas fiestas y todas las fiestas regladas. Que no me toque es lo suyo, no tengo ni fe. No sería de justicia poética. Además no lo necesito para comer, ni para pagar el techo; para la luz no sé, la cosa se está poniendo muy chunga. Tengo, de momento, los mínimos de la dignidad. Esos que son las mimbres para poder aplicarte a la tarea de jugar el juego grande de la vida. Que es el vivir mismo. Que es el sentir que uno anda por aquí porque tiene algo que dar, algo que hacer. Para mí ése es el verdadero motor de la alegría. Levantarse pensando que alguien te necesita. Hacer de tu vocación tu profesión. Actuar. He leído que hace poco le tocó a un mendigo la lotería en Nueva York y que no ha querido dejar la calle. Dice que él no tiene casa pero sí hogar. Y que no piensa abandonar a su gente. Maravilloso. Otros tienen palacios, yates y cuentas corrientes en paraísos fiscales y están más solos que la una, más tristes que las máscaras. El dinero sólo es necesario para abrir camino, para compartirlo. De hecho está comprobado que aquellos que han ganado el Gordo después de un tiempo breve están exactamente igual que antes. Tienen más pero son los mismos. Ni un pelín más felices. Dicho lo dicho, espero que la rueda de la fortuna de este año evite algunos desahucios, hambres y fríos.