Jueves Santo

«Tres días hay en el año que relucen más que el sol», decíamos, hasta hace poco, en España, refiriéndonos al Jueves Santo, a la Ascensión, y al Corpus. Con esta expresión el pueblo manifestaba la importancia de estos tres días. Mañana celebramos el Jueves Santo: en verdad, es un día que brilla con luz propia, y con luz grande y potente; los cristianos conmemoramos la Última Cena de Jesús, en la que, precediendo a su pasión y muerte, instituye la Eucaristía, centro de la Iglesia, y el sacerdocio; antes lava los pies a sus discípulos y después tiene unas palabras imborrables con las que, entre otras cosas, nos deja el mandamiento del amor, su paz, su oración y deseo ardiente para que todos seamos uno: todo ligado a la Eucaristía, a lo que en ella acontece. En el Jueves Santo todo nos habla de amor: su amor que llega hasta el extremo y se entrega por nosotros, para que nos amemos como Él mismo nos ha amado.

En los hechos reales del Jueves Santo, Jesús no representa el poder terreno, sino la verdad, la justicia, la misericordia. No son los belicosos, los violentos, los que traicionan, los que condenan, los calculadores o los que confían sólo en sus fuerzas, en el poder, en la eficacia de los hombres o en medios humanos, quienes transforman y humanizan el mundo; al contrario. Pero Jesús, aquello que hace presente y real lo que acaeció hace casi dos mil años en Jerusalén, en aquella tarde-noche de aquel Jueves Santo, deja de manera indeleble amor, paz, reconciliación, esperanza.

¡Qué fuerza y qué profundo mensaje y realidad de esperanza contiene el Jueves Santo en sí y para el momento presente, árido y duro, que atravesamos!. De manera particular quisiera destacar en esta página unas palabras de Jesús después de la Ultima Cena: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado». Que seamos una sola Iglesia, con un solo corazón y una sola alma. Esta unidad es absolutamente necesaria siempre y en estos momentos para que el mundo crea. Esto es muy decisivo para este mundo, para esta sociedad nuestra que pretende ser dominada por un laicismo ideológico rampante demoledor.

Ante la preocupación legítima por la vitalidad de la Iglesia, también en España, y atentos a los problemas y expectativas de los fieles en esta situación, nos sentimos interpelados a permanecer muy unidos para hacer más palpable la presencia, entre los hombres, del Señor, que es Amor, reconciliación, concordia y misericordia. Para ello es primordial conservar y acrecentar el don de la unidad que Jesús pidió para sus discípulos al Padre. En cada lugar estamos llamados a vivir y dar testimonio de la unidad querida por Cristo para su Iglesia y para toda la humanidad, y, consiguientemente, para todos los pueblos. Por otra parte, la diversidad de pueblos, con sus culturas y tradiciones, lejos de amenazar esta unidad, ha de enriquecerla desde su fe común.

En la transición histórica que estamos viviendo estamos llamados, como un verdadero deber, a cumplir una misión comprometedora: hacer de la Iglesia el lugar donde se viva y la escuela donde se enseñe el misterio del amor divino y de la comunión y unidad que de El viene. ¿Cómo será posible esto sin descubrir una auténtica espiritualidad de comunión, de unidad, válida para todas las personas y en todos los momentos?

Una unidad sin fisuras e inquebrantable de los cristianos: «como una piña». Así, como una piña, necesitamos estar los cristianos en España en estos momentos; no es una posición numantina, cerrada y acurrucada, sino en una comunión viva, en una unidad que es expresión del amor expansivo, abierto, de mano tendida, hecha para el perdón, la ayuda y el servicio; una unidad firme en la verdad, que nunca separa, ni divide, sino que arraiga la unidad. Es preciso reconocerlo: no estamos suficientemente unidos: tantas opiniones sobre la fe y la moral, tantos grupos y tendencias a veces contrapuestos en la Iglesia, que parece como desgarrada o hecha girones; existe división en nuestra sociedad española, no sólo la división mayor o menor, más o menos larvada de los pueblos de España, cuya unidad secular debilita y cuestiona, sino la división por algunos enfrentamientos que no se pueden ignorar o por la reapertura de heridas y divisiones pasadas que conducen a la quiebra y amenazan esa concordia. España necesita unidad; la Iglesia necesita unidad.

Por eso mismo, es tan especialmente significativo el Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía, sacramento de la fe y del amor, sacramento de la unidad y de la reconciliación. El cristiano que vive de verdad lo que entraña el Jueves Santo, el cristiano que participa de la Eucaristía, aprende de ella a ser promotor de unidad, de comunión, de paz, de verdadero y honesto diálogo, de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo que en pleno siglo XXI, Tercer Milenio, sigue con situaciones tan terribles de pobreza, de hambre, de violencia, de marginación, de paro ten generalizado, de rupturas familiares y de todo tipo..., interpela más que nunca a los cristianos a vivir la verdad de la Eucaristía como una gran escuela de paz y concordia, de caridad y de amor. De ahí, de la Eucaristía, de lo que el Jueves Santo entraña y que luce más que el sol, brota una llamada y un fuerte impulso para un compromiso activo en la edificación de una sociedad más justa y equitativa. Por el amor mutuo, y, especialmente, por el amor a los necesitados de tantas maneras y de tantas indigencias, se nos reconocerá como discípulos de Aquel, Jesús, que nos ha amado hasta el extremo, ha venido a servir y no a ser servido, es la buena noticia para los pobres, ha traído la paz., es luz para los hombres con su amor y misericordia para con todos, con particular predilección por los pobres y los que sufren. ¡Qué maravilla si penetrásemos en la verdad del Jueves Santo, y nos dejásemos iluminar por su luz, que brilla más que el sol!