La actividad política

Los presos etarras están en la cárcel por sus «actividades políticas». Ahora, quizá para adelantar en su pretensión de ser perdonados reconocen que «su actividad política causó daños».

No se me antoja actitud cercana al arrepentimiento. Asesinar a casi mil inocentes, amputar la vida y el futuro de sus casi mil familias y dejar en la cuneta a decenas de miles de heridos es algo más que una «actividad política» que ha causado daños. Prefiero la sinceridad del criminal que no se arrepiente al cinismo semántico de los que quieren aparentar su cargo de conciencia con juegos de palabras deleznables. Los presos etarras, que son presos comunes porque el Código Penal en España no contempla como delito la normal «actividad política», van a tener que esperar al cumplimiento de sus condenas para alcanzar la puerta de la libertad. Las excarcelaciones de asesinos como De Juana Chaos y Bolinaga están impresas en la indignación de la ciudadanía.

Los soplos gallináceos –el faisán es una gallinácea– han sido juzgados, aunque sus principales responsables, los políticos que en su actividad política –ahora sí–, ordenaron a los comisarios Pamies y Ballesteros que dieran un chivatazo a la ETA, no se han sentado en el banquillo. Todos sabemos quiénes son. El que era Presidente del Gobierno y el que era responsable máximo del Ministerio del Interior, que se han ido de rositas. El día que De Juana Chaos, Josu «Ternera» y el enfermísimo Bolinaga recuperen su «hábitat» natural, es decir, la cárcel, no habrá español bien nacido que no lo celebre con un brindis especial. Vuelvo a lo de siempre. Abandonaban su casa en Zaragoza siete niños poderosamente armados de donuts, cuadernos y libros en sus mochilas, cuando la «actividad política» de Josu «Ternera» y demás incomensurables hijos de puta los dejó sin vida, quemados, carbonizados y ensangrentados. Sus padres eran guardias civiles y eso justificaba la «actividad política». Y no causaron daño, sino horror, desesperación, asesinando también a un amplio sector de la sociedad. No a toda la sociedad, que es sabido que la «actividad política» de la ETA tuvo, tiene y tendrá apoyos de muchos, demasiados indeseables. No han pasado tres semanas desde que el presidente de los socialistas vascos definiera a los terroristas etarras de «soldados» y pidiera que sean puestos en libertad. Rubalcaba no ha pedido su inmediata dimisión y su expulsión del PSE. Han transcurrido años, bastantes años, pero aún no se han borrado de las buenas memorias la cristiana y simpática frase de quien era por aquel entonces obispo de San Sebastián. En Zaragoza, los siete ataúdes blancos, y en San Sebastián la pregunta de un periodista y la respuesta de un obispo de la Iglesia católica: «No opino de acontecimientos que se producen fuera de mi diócesis». Es muy probable que aquel obispo felón reconozca ahora que la «actividad política» de sus diocesanos preferidos ha causado dolor. Se lo dijo a María San Gil y María José Usandizaga en su despacho del obispado: «¿Dónde está escrito que a todos los hijos hay que quererlos por igual?». La fractura de la sensibilidad aún no ha sanado. Peor. Los que interpretan que asesinar a mil inocentes con bombas, disparos en la nuca y en la soledad angustiosa del secuestro fue una «actividad política» hoy gobiernan en diputaciones y municipios de Guipúzcoa, Vizcaya, Álava e incluso ¡Navarra! Y partidos políticos de la izquierda española apoyan con sus votos sus propuestas y mociones.

Por mi parte, espero que jamás se perdone a los asesinos que actuaron políticamente con tan sanguinario poder. No les deseo ningún bien, porque su bien no es el de la normal gente buena. Que envejezcan en la cárcel, o que se mueran en ella y que nos dejen en paz.