La agenda vasca, Pedro

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Muy a menudo el «postureo» de los representantes de partidos políticos a propósito de movimientos post-electorales para tratar de conformar una mayoría de poder se recoge en clave de «periodismo declarativo» y eso hace que permanentemente se mire al dedo cuando lo que realmente se está señalando es la luna de la lógica, que casi siempre marca en política la inmisericorde aritmética. Las cosas suelen ser más sencillas por mucho que los interesados utilicen las cajas de resonancia de los medios para reafirmar ante sus propias parroquias la supuesta firmeza de sus posiciones.

Pondre un ejemplo aprovechando una información contrastada y de buena fuente: el presidente en funciones Mariano Rajoy está llevando el actual proceso con el total sosiego y absoluta tranquilidad del que sabe que si había alguna opción de continuar en la Moncloa, ésta se esfumaba justo el día en el que recibía a Pedro Sánchez para ofrecerle una gran coalición «a la alemana» y la respuesta del líder socialista era un «no, no y no» incluso antes de haber escuchado todo el argumento del ganador de las elecciones. Ése fue el único mal día de Rajoy. Eso fue todo, punto.

Y ahora que la fase de postureo sigue haciéndole a las opiniones públicas y publicada el juego del avión al bebé, cucharilla a la boca va, cucharilla viene para que se vaya digiriendo el inevitable mal menor del pacto de las izquierdas con asentimiento separatista, lo que toca es ganarse el apoyo de la muleta que nunca suele fallar, sobre todo por lo que gana en el camino. El PNV ya ha dejado claro, en boca de su reelegido presidente Andoni Ortuzar, que cualquier apoyo a una investidura de Sanchez –llegar de la mano de los otros «castellanos» de Podemos es secundario– deberá pasar por lo que daba en llamar este domingo la «agenda vasca».

Sólo hay una gran condición para cualquiera que pretenda entenderse con el PNV: el concierto y el cupo no se tocan ni en el más profundo sueño, ése es el auténtico dique de contención por mucho que desde el PNV toque ahora encarecer el precio del apoyo a una investidura poniendo sobre la mesa el derecho a decidir y dinamitar la caja única de la Seguridad Social. La peculiaridad fiscal vasca, contemplada desde la UE como una excepcion poco acorde con su transversalidad económica, es la auténtica clave de bóveda del autogobierno en Euskadi; no en vano el lendakari Urkullu recordaba recientemente en un claro aviso a navegantes que concierto y cupo son la infranqueable línea roja sin la que se verían abocados a un escenario similar al de Cataluña, comunidad que por cierto no aceptó la fórmula en los albores del sistema autonómico, por mucho que hoy el socialista catalán Iceta juegue con los términos «cupo» y «cuponazo». A Sánchez le toca ahora desbrozar el camino –no es casual la elección del ex fontanero de la Moncloa José Enrique Serrano en el equipo negociador– para que las cosas con el PNV funcionen sin «hacernos daño».