La bomba

Con Diego Costa el debate es eterno. Sus broncas trascienden más que sus goles porque son más habituales. Pero, como Isco, es muy del agrado de Lopetegui y su papel en la Selección sólo se cuestiona de puertas afuera. Dentro valoran a este peculiar delantero que no termina de justificar su presencia en la Roja. Con España, su agresividad se impone a su olfato goleador y no hay partido en que no tiemble el banquillo por cualquiera de sus airadas reacciones. Contra Italia, la misericordia de Brych evitó su expulsión. Con una tarjeta amarilla dibujada en la frente, mandó a la grada la pelota al señalarle un fuera de juego que, en esa ocasión, sí que lo era. Estaba previsto que le sustituyera Morata y el seleccionador se apresuró a efectuar el cambio con la boca seca y el corazón encogido.

Diego Costa es una bomba de relojería que en cualquier momento puede estallar. Hay que valorar su lucha infatigable, que no hay defensa que le arredre y su batallar... ¿Y qué más? Tres goles en 13 partidos con España no es la mejor carta de recomendación, ni que en las reyertas habituales exhiba la navaja cabritera. Le sobra carácter y le falta temple, sin embargo, cuando Morata le relevó los zagueros italianos respiraron. Con razón. Si Lopetegui consigue apaciguarle, meterle en vereda y canalizar sus explosiones hacia el objetivo ineludible que es el gol, habrá logrado recuperar para la causa al delantero más en forma y con mejor olfato del fútbol español. Villa y Torres son historia. Los 28 años de Costa permiten ilusionarse con la posibilidad de que la bomba vire hacia «La bamba», y al son de las notas de Ritchie Valens descubra la portería de Albania, si juega.