La conspiración de Catilina

Se dice que el senador romano Catilina intentó una revuelta social ejerciendo un exacerbado populismo, para lo cual reclutó hombres de las clases senatoriales y militares descontentos con la política del Senado, así como a pobres y desfavorecidos al prometer una política de condonación de deudas. De esta antinatural alianza se nutre el populismo, acomodados que no han encontrado réditos con los políticos de su momento, y personas desfavorecidas que ante una promesa de mayor justicia social abrazan cualquier propuesta política. Los primeros son egoístas que sólo piensan en sí mismos, mientras que los segundos son buenos intencionados ciudadanos, de cuya situación precaria abusan políticos sin reparo alguno. Esta situación vivida en otros países, en España se mezcla con políticos y aspirantes a serlo que escarban en nuestra historia y le restan toda legitimidad al pacto de 1978, tratando de superar el marco constitucional de la forma que sea, para entroncar la legitimidad del sistema que ellos proponen con la fallida Segunda República, que henchida al principio de muy buenas intenciones, acabó dividiendo y enfrentando a los españoles. En democracia y más en la nuestra, se puede defender cualquier idea e ideología que no sea constitutiva de delito o contraria frontalmente a los valores básicos de nuestro Estado de Derecho; ahora bien, habrá que sufrir también las consecuencias de la incoherencia de los mensajes, y como Catilina someterse a la crítica de Cicerón. ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia, Catilina?, le dijo en el Senado. Ampararse en la corrupción que todos debemos combatir o en unas pretendidas injusticias sociales que ninguno de sus denunciantes ha padecido, no da razón alguna al cuestionamiento de nuestro proceso democrático comenzado en 1978. Es el momento de la gente seria al margen de la ideología, y de abandonar los egoísmos propios y colectivos.