La corrala

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Vamos en picado, cuesta abajo en la rodada. Del Watergate pasamos a las periodistas que ejercen de lagarterana durante un mes, por ver qué se siente (!), y de Talese a Évole y su no-documental sobre el no-23F. ¿Nuevo periodismo? Más bien ficción rancia. Orson Wells tenía muy claro cuando burló al personal con la invasión de los extraterrestres que él no era el Edward R. Murrow de «This is London» bajo el «blitz» de la Luftwaffe. Hoy, en la campaña de EE UU, la vanguardia periodística consiste en una grabación rastrera, un «off the record» robado a Trump y una catarata de emails sustraídos por Wikileaks al partido demócrata. En la primera nuestro encelado payaso babeaba al largar de las mujeres, pero lo hacía, hasta donde sé, amparado en la sacrosanta intimidad que proporciona creer que tus palabras no saldrán en antena. A este paso acabaremos todos hablando por la calle con una mano delante de la boca, como esos futbolistas que comentan los arabescos de su último tatuaje con el porte de unos espías en el Berlín de John Le Carré. En cuanto a Wikileaks, de profesión sus hurtos, no hay día sin revelaciones asombrosas: las últimas, que los demócratas se odian entre ellos con esa saña que uno sólo reserva a sus íntimos, y que durante las primarias volaban correos electrónicos como alacranes. Quizá haya llegado la hora de explicarle a la gente que el habla admite registros en función del contexto y que uno no charla igual junto a un colega con la corbata en la frente en pleno aquelarre de cubalibres que en un plató de televisión. Acabáramos. ¡Qué hipocresía! El Gobierno de Ecuador, y ya era hora, le ha cortado internet a Julian Assange, nuestro Joaquín Murieta 2.0, Robin Hood de los palacios ocultos de internet, Llanero Solitario de la posmodernidad en grageas. Uno anticipa artículos mohínos porque amordazan a Marianne y cae con ella la «Liberté guidant le peuple». No, en serio, qué mal está el oficio si el periodismo de investigación ahora consiste en insertarle micrófonos al candidato como quien hace vudú a un muñeco. ¿De verdad que el colmo de la transparencia pasa por la violación sistemática del correo a la manera de la Stasi? En 2006 Florian Henckel von Donnersmarck nos puso el huevamen en la tráquea con su retrato del cotilleo institucionalizado y los huelebraguetas y soplones, delatores e informantes que husmeaban en las conversaciones de los sufridos alemanes del Este, comenzando por los intelectuales supuestamente leales y hasta acabar en el penúltimo apuntador y el último mono. Los partidarios de las escuchas afirman que son necesarias porque permiten desengrasar las cañerías del sistema y exponer la mugre, pero por regla general sus audífonos no amplifican conversaciones delictivas. Del pinganillo sólo cuelga, como sardinas mustias, un turbio tráfago de chascarrillos privados, bromas soeces, chistes obscenos, superfluas habladurías y ataques personales. El acre hedor de la corrala elevado a la categoría de debate público. El signo de los tiempos (Prince dixit).