La credibilidad de la fuerza

En mis dos anteriores Tribunas he expresado la opinión de que lo que está ocurriendo en Ucrania tendrá consecuencias más allá de este país y que la OTAN debería considerar –de alguna manera– volver a sus orígenes y preocuparse por sus fronteras más que por el lejano Afganistán.

Vamos a por la tercera.

Del enfermo ucraniano se ocupan numerosos doctores, aunque siempre es más fácil diagnosticar la enfermedad que proponer la cura. Trataré de centrarme en la propuesta sobre las medidas a adoptar, aunque me temo, que un mínimo de análisis de la situación seguirá siendo necesario.

Lo que Rusia está intentando en Ucrania es resolver un problema –el de las minorías ruso parlantes– por medio del uso o amenaza del uso de la fuerza. Como sucede que no es sólo Ucrania, ni mucho menos, la única nación que tiene minorías, estos procedimientos –de quedar impunes– podrían ser imitados por todos aquellos países con análogas reivindicaciones y fuerza militar superior a la de sus vecinos. En Europa, o en la China.

Vivimos básicamente en un sistema cuyo orden político, financiero y mercantil internacional fue diseñado por los norteamericanos tras la finalización de la 2ª Guerra Mundial; que se extendió luego –tras la disolución de la Unión Soviética– a la totalidad del planeta y que denominamos globalización. Pero este sistema no constituye el fin de la historia y algún día caerá o se transformará como lo hicieron los imperios anteriores.

Quizás el presente «imperio» norteamericano se diferencie de los que le precedieron en que busca menos el dominio territorial de los países, aunque exige que se juegue con sus reglas, especialmente, en los intercambios comerciales y financieros bajo su escudo, lo que exige –también– una cierta aceptación cultural y jurídica de la manera de ver el mundo que tienen los norteamericanos.

Ningún ordenamiento sobrevive a la falta de poder coercitivo de la autoridad que lo promulgo. En la esfera internacional –donde la aceptación de este poder es más discutida– esta autoridad a veces es desafiada, aunque todos estamos restringidos por el temor a la reciprocidad.

La Administración Obama desde lo de Libia, pero sobre todo con su inacción en Siria, trata de que sobreviva «su» sistema internacional pero sin asumir las funciones de guardián que le corresponde como inventor –y principal beneficiario– del orden por ellos inspirado. Y lo mismo que los jueces de una nación estarían impotentes si no existiera policía, el presidente Putin ha intuido la oportunidad de desafiar impunemente el orden actual, tratando de sustituirlo por su concepto de lo justo históricamente, al menos desde el punto de vista ruso.

La eficacia de la fuerza militar tiene dos componentes básicos: las capacidades y la voluntad de emplearla cuando llegue la ocasión. Sin la percepción por nuestros adversarios de que estamos dispuestos a usarlo, ningún ejército del mundo es eficaz, al menos en su misión previa de disuadir al que tenemos enfrente de emplear medios violentos. Ésa es la paradoja de la fuerza: que para no tener que utilizarla hay que estar siempre listo para aplicarla; que depende de la credibilidad –medida de dicha voluntad– del que la ostenta, entre los que no se encuentra precisamente el presidente Obama, al menos a los ojos de Putin.

En el pasado escenario de guerra fría –peor que el actual pues incluía un profundo enfrentamiento ideológico– el estacionar fuerzas norteamericanas en Europa, adicionalmente a las ventajas de inmediatez tácticas que ofrecía, añadía una enorme credibilidad a que los norteamericanos se involucrarían desde el primer momento de un ataque soviético, en contraste con lo que pasó en las dos guerras mundiales, donde sólo intervinieron en la fase final de las hostilidades. Esto era así porque inevitablemente morirían soldados norteamericanos desde el primer día de guerra caliente. Pese a la terrible incógnita de las armas nucleares, la anterior credibilidad norteamericana ante la OTAN europea era inmensa. Esta situación es la que hay que tratar de recuperar y la historia reciente nos muestra pues cómo hacerlo: estacionando unidades norteamericanas en los países europeos del este de la Alianza.

Si bien la amenaza al orden mundial establecido causado por la actitud de Putin es lo suficientemente seria para que la débil voluntad política europea busque en la OTAN un marco donde reforzarse, es a la Administración Obama a la que corresponde la responsabilidad de liderar un orden que le es propio y que le exigirá reconsiderar en cierto modo giros y piruetas hacia el Pacífico y actitudes ante la Primavera Árabe–y los sunitas en particular– que no ayudan precisamente a la credibilidad de su inmensa máquina militar.

En Gales, el próximo septiembre, se reunirán los jefes de Estado y Gobierno de las naciones OTAN. Esperemos que las constantes geoestratégicas que estamos viendo en el este de Europa y las graves consecuencias desestabilizadoras de la situación en el África subsahariana encuentren una equilibrada respuesta de las medidas de fuerza a aplicar, cuya credibilidad será un factor crucial.

Todos necesitamos aumentar nuestra credibilidad: la de su voluntad los norteamericanos, y los europeos –especialmente los españoles–, su corresponsabilidad a través de su inversión militar.

Hay que estar dispuesto a luchar por todo lo que merece la pena tanto en la vida de las personas como de las naciones.

*Almirante (R). Ex segundo Jefe del Estado Mayor de la Armada y del Mando Marítimo OTAN de Europa Sur