La Doña

La Razón
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Jamás hubiera votado a Rita Barberá. Jamás. Jamás me gustaron sus formas de gobierno, sus compañías en el partido, su estética en la gestión municipal, es decir, no era mi candidata y nunca lo fue. Bien es verdad que el censo no me lo hubiera permitido porque, puestos al jamás, jamás he vivido en Valencia. Pero la conocí. En aquellos años en los que Rita lo era todo en su ciudad, y las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos, todo y absolutamente todo lo que tuviera que ver con el levante español era un derroche de patrocinios, yo me dedicaba a hundir programas de radio e iba de vez en cuando a glosar las virtudes de alguna obra monumental. A fuerza de entrevistarla tomé confianza con ella y conecté. Ninguna de las dos hemos podido ser confundidas en la vida con dos bailarinas de ballet. Éramos, somos, mujeres lija, una suerte de serrucho humano, una especie de grano que asume que, si dice lo que piensa, es sumamente incómoda y que, si no lo dice, le va a doler el estómago toda la noche. La recuerdo siempre vestida de traje de chaqueta muy vivo, y con un bolso grandísimo. Cada vez que nos veíamos echábamos a suerte quién llevaba más peso y más cosas en la cartera. Y me ganaba. Y nos reíamos bastante. Después de aquellos años de miel económicos dejé de verla pero me hacía gracia aquella seguridad pasmosa ante todo y todos, aquel comportamiento del que no tiene miedo a nada y no ha visto jamás temblar el suelo bajo sus pies. Por eso ahora que se ha muerto, compruebo que, de pronto, esa Rita tan segura e indómita, debió quebrarse hasta convertirse en un juguete roto, como se dice de los adolescentes de éxito con fecha de caducidad. Algo debió hacerse mal, algún consejo de amigo no le llegó, alguien dejó crecer en ella a Gloria Swanson en «El Crepúsculo de los Dioses». La veo bajando por la escalera en la escena final y me da mucha pena. Independientemente de su situación judicial, creo que ha sufrido y que lo hemos visto. Nadie puede alegrarse de eso.