La gallardía de Gallardón

La Razón
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Llegó a ser el aspirante más destacado para suceder a Mariano Rajoy en el partido y en el Gobierno. Alberto Ruiz-Gallardón es un político consistente con una larga trayectoria. Se inició en tareas de responsabilidad siendo muy joven, al lado de Fraga, que le tenía una gran consideración. Se bregó con éxito en el partido. Contribuyó a su conversión en Partido Popular, con voluntad centrista y con la recuperación de los náufragos de UCD. Y consiguió resonantes éxitos electorales en Madrid, tanto en el Ayuntamiento como en la Comunidad. Su gestión, en un sitio y en otro, fue brillante, aunque no le faltaron críticas por el endeudamiento que supuso la transformación de la ciudad, que lució durante mucho tiempo el cartel de «Obras Gallardón» y que quedó de dulce. Como presidente de la Comunidad y como alcalde convivió bien con los sindicatos y con el mundo de la cultura. Los sectores más conservadores desconfiaban de él porque lo consideraban demasiado progresista, casi en los bordes del socialismo, capaz de traicionar los principios tradicionales del partido. Se equivocaban. No se entendió bien con Esperanza Aguirre, aunque supo convivir con ella y mantuvo las formas. Durante mucho tiempo ella fue su cruz. Llegaron a representar dos formas distintas de hacer política, la cara y la cruz del mismo partido. Cuando la Sodoma y Gomorra de la corrupción se instaló en los despachos, él supo elegir mejor a sus colaboradores, que resultaron limpios de polvo y paja.

Fiscal de carrera, católico, socialmente progresista, culto y melómano, se miró siempre en el ejemplo de su padre, un liberal que pasó por las cárceles franquistas. A nadie sorprendió que el presidente Rajoy lo llamara para ministro de Justicia. Se esforzó, desde que llegó al Gobierno, en la transformación de la misma, que buena falta hacía. Sus iniciativas no encontraron siempre buena acogida. Y dimitió con gallardía cuando su reforma de la ley del aborto, comprometida por el partido en campaña, se guardó a última hora en el cajón por equivocado oportunismo electoral. En Alberto Ruiz-Gallardón triunfaron la ética y la dignidad política. Y se fue a su casa en silencio, cargando con la falsa imagen de reaccionario, impuesta machaconamente por la progresía menos inteligente, la que no ve tres encima de un burro. Ahora ha caído con estrépito el «modelo Aguirre» y muchos han vuelto los ojos al «modelo Gallardón». Es natural. Y sería natural que Rajoy pretendiera recuperarlo, si es que se deja, para la renovación que se pretende. En algunos medios lo dan por seguro. Parece que estaría dispuesto a instalarse en la calle Génova si le llamaran. El descanso le habrá sentado bien. Se trata de un político de garantía, en plenitud, con mucha cuerda por delante, que merece una segunda oportunidad. En este caso es mucho más que la movilización de los reservistas.