La ignorancia del islam

La Razón
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Refiere la Prensa de estos días las conversaciones interceptadas por la Policía a un grupo de yihadistas detenidos en Cataluña. Llama la atención en ellas un fanatismo radical y la repetida «utilización del nombre de Dios en vano», Alá en este caso. ¿Saben realmente de quién hablan?

Intento relacionar esta violencia verbal con una más que sabia reflexión sobre el momento que vivimos, preocupados por lo que pueda llegar a ser una amenaza que acampa por media Siria, por un tercio de Iraq y se extiende por el norte del Sahel, con un pié firme situado ya en Libia. Es habitual que relacionemos esta situación con una determinada interpretación del Corán.

Una de las personalidades más conocedoras de las religiones, Karen Armstrong ( Reino Unido, 1944), autora de una biografía de Mahoma, interpretadora de la Biblia, estudiosa del judaísmo y de la formación de los rabinos y autora de otros estudios que ha plasmado en 20 libros, nos conduce a reflexionar, aclarar, presentar una nueva arista, referida al islam. En su nuevo libro «Campos de Sangre» se pregunta: ¿Por qué culpamos a las religiones de las violencias y las guerras? Profundiza y llega a la conclusión de que las religiones, al contrario de lo que se cree, han sido más bien amortiguadoras de la violencia. Sostiene que la convicción de que el terrorismo actual está motivado sólo por la religión es simplista. Las guerras tienen muchas aristas –lanza un piropo a los historiadores militares que siempre las integran– políticas, territoriales, económicas, energéticas, ideológicas, que se imbrican en cualquier acto de agresión.

Relaciona la pobre base ideológica de los jóvenes que acuden a la yihad, movidos por la imagen de los musulmanes que sufren o han sufrido en Palestina, Líbano, Iraq o Chechenia o por las bolsas de paro en regiones cercanas a nosotros, más que por sus convicciones «¿Qué te dijeron de mí?», pregunta uno de los detenidos; «que estás en paro, que quieres regresar pero no puedes porque os rompen los pasaportes y que pasáis hambre». Psiquiatras forenses que han interrogado a terroristas han llegado a la conclusión de que el problema no es el islam, sino la ausencia del islam. Sólo un 25% de ellos han seguido una formación religiosa normal ; el resto o son conversos o no son practicantes. Un rehén francés liberado confirmó que el discurso de sus captores era político y no religioso. Y si los saqueadores talibanes o del EI aluden a sus creencias para justificar sus asesinatos o la destrucción de un patrimonio de la humanidad irrepetible, no se debe a que hayan dedicado demasiado tiempo al Corán, sino, al contrario, que le han dedicado demasiado poco. Por tanto, si queremos detener el terrorismo –sostiene Armstrong– no es bueno echar toda la culpa al islam o a su religión. El EI es un ejemplo claro de las sinergias entre política y religión que define como «mezcla profana de una religión envilecida por la peor laicidad». Muchos de sus cuadros de mando proceden del disuelto Ejército de Sadan, lo que explica su operatividad y su odio.

Se preocupa, en resumen, la pensadora inglesa de que un diagnóstico incorrecto nos lleve a un tratamiento equivocado, porque cree que la violencia casi siempre se origina en la sociedad y se propaga a la religión, y no al revés.

Ésta, forma parte de la vida de la Humanidad. Nuestra historia se confunde con la de las religiones. Las Cruzadas, las Guerras de Religión, la Inquisición, la Reconquista, forman parte de nuestro devenir histórico. Pero pensemos que, recientemente, tres dictadores que llevaron la violencia a extremos inconcebibles –Hitler, Stalin y Mao– eran ateos. Sus parámetros de violencia eran mas étnicos que religiosos. Es decir no siempre las causas han sido religiosas.

No es fácil cambiar tendencias ideológicas, máxime cuando en Occidente hemos sufrido demasiadas confrontaciones internas y cuesta ahora abrir nuevos frentes. Pero el mundo se ha globalizado y no es el de las Navas de Tolosa de 1212. Celosos de nuestro modo de vida conseguido con esfuerzo y sacrificio, nos sentimos inquietos ante la presión demográfica de otras gentes que llegan con otras culturas y otras religiones. Si el problema quedase ahí, poco a poco iríamos componiendo espacios comunes de convivencia. No es la primera vez –España es un buen ejemplo– en que dos o tres culturas no sólo conviven, sino que se enriquecen mutuamente.

Lo que preocupa es que de esta convivencia nazcan focos de odio y violencia y que nos sintamos inseguros y heridos no sólo en el mismo corazón de Nueva York, sino también en unos trenes de Atocha, en el Metro de Londres, en una Maratón en Boston o en un supermercado parisino. Y lo más triste: que quienes pretenden emular a unos asesinos, se nos presenten como héroes. Como dije en pasada Tribuna: «Aquí nos la jugamos todos».