La manta

El ambiente de corrupción que vivimos es tan violento que una se pregunta: ¿por qué ahora? ¿Por qué hoy tenemos noticias de éste y aquel viejo chanchullo y, sin embargo, no las tuvimos ayer...? Respuesta: lo que parece nuevo ante nuestros ojos había estado siempre ahí, pero oculto detrás de la famosa «manta», tras un tupido velo que nos impedía verlo. El tradicional «voy a tirar de la manta» español se refiere a esa suerte de realidad oculta que no contemplamos, aunque a veces podamos intuir. Cuando alguien «tira de la manta» levanta una especie de alfombra social bajo la cual late una escalofriante realidad paralela de podredumbre que no apreciábamos, pues ya se sabe que ojos que no ven corazón que no siente. Lo que está ocurriendo es que la recesión económica ha privado a mucha gente de su cómoda posición de antaño, cuando todo estaba inflado y era mentira. Poderosos que dejan de serlo, o que querrían serlo más; enchufados que pierden el favor de su protector político; políticos que no «pueden» seguir haciendo favores; gente que se va al paro porque cierra un departamento sufragado con dinero público... Así que van creciendo las huestes del resentimiento político y, por tanto, de los deseos de venganza. Del chivatazo. Del «te vas a enterar». Lo que está ocurriendo no es una catarsis social, una purificación colectiva, sino una serie enloquecida de actos de traición y venganza que están desvelando la mugre que existe bajo la manta de nuestra hipocresía como país.

Y, como advertía Abenhazán de Córdoba, a veces el primero que se pone en guardia contra el traidor es aquel en cuyo favor cometió el traidor su traición. O sea, que ha llegado la hora de esa gente «risueña, con el cuchillo bajo la capa», que diría Chaucer.