América

La momia y el arqueólogo

La inmortalidad humana. Ésa es la cuestión. Se ha sabido que Hugo Chávez quería vivir. «No quiero morir», dice «La Nación» de Buenos Aires que dijo. Creo que es la mayor noticia que se ha dado estos días. Los faraones eran embalsamados bajo la creencia de la inmortalidad del espíritu. Lo realmente extraño es que aquellos que creían ciegamente en la razón (con millones de muertos como argumento inapelable) se empeñasen en mantenerse vivos aunque fuese sólo como una máscara pálida y empolvada. Siguen peregrinando a contemplar la momia de Lenin expuesta en el mausoleo de la Plaza Roja de Moscú, que, por cierto, no esconde su clara influencia de las pirámides de Egipto. Stalin quiso estar a su lado y, tras su muerte, lo exhibieron en pareja, hasta que, tras conocerse que había asesinado a millones de compatriotas, retiraron como castigo la momia de «el padrecito», pero sólo la momia. Putin lo ha rehabilitado.

Siguiendo esa necrofilia comunista, Mao lo tenía fácil para perdurar en el tiempo, pues no era más que el continuador de las dinastías de los emperadores. En Tiananmen, las colas son tan largas como la paciencia china para ver su rostro aplastado y cerúleo. Pero llegará el día que desaparezcan todos los mausoleos o se instale una tienda Appel. Bien lo sabe Tutankamón que todo emperador, rey, líder, guía o caudillo tiene su arqueólogo, su Howard Carter, esperando.

Venezuela dudaba qué hacer con el cuerpo de Chávez, si entregarlo a la tierra o condenarlo al mármol de la eternidad, junto a Bolívar. La decisión de embalsamarlo y exponerlo en una urna de cristal demuestra que la «razón bolivariana» coincide con el delirio funerario. Mal precedente. Cabría esperar que Fidel Castro descansase en el cementerio de Santa Ifigenia de Santiago de Cuba, junto a José Martí. En cuestión de necrofilia, no hay límites.

Que el cuerpo de Hugo Chávez no se haya expuesto para la contemplación gráfica de la telefonía móvil es de agradecer. Los servidores informáticos no hubiesen podido administrar tanta iconografía y, sobre todo, hubiese impedido crear un mito en un tiempo récord, pues comparar las campañas militares de Bolívar con la construcción de un Estado subsidiado es pura mitología. Pero es pronto para decirlo.

La familia y la familia política –los hermanos Castro– han emparentado a Chávez con el Che. Luego habrá que ir haciendo sitio a los que vayan llegando. Un mito no es cuestión de días, aunque sí de algo de suerte. Al Che lo mataron en la sierra boliviana el 5 de marzo de 1960 y ese mismo día un fotógrafo enjuto con cara de no trabajar para Magnum lo fotografió muerto en una mesa para demostrar que no era inmortal. Pudo ser un Cristo de Mategna, pero el mundo no estaba para historia del arte. Pero fue la fotografía que le hizo Korda en 1960, vivo y con boina, y sobre todo la edición en póster de Feltrinelli la que empapeló las habitaciones de los adolescentes de todo el mundo.

Pero, como decíamos, cada caudillo tiene su arqueólogo. El riesgo de esta fascinación funeraria son los profanadores. En 1974, el M-19 colombiano robó la espada de Simón Bolívar en Bogotá y en 1987 le tocó la hora a Perón, de quien además de la gorra militar y el sable, se llevaron las manos. Allí estaba, en el cementerio porteño de la Chacarita, oyendo tranquilamente desde el más allá cómo los guías contaban sus aventuras. En el de la Recoleta, estaba su amada, Evita, embalsamada –incluso se publicaron fotos de operación tan inmunda–, reducida a un 1,25 centímentros, ejemplo del delirio político-necrofílico. Los guías siguen glosando su amor al pueblo y, cuando llega el aria final, dicen aquello tan monstruoso que gritaron sus enemigos al saber de su muerte: «¡Viva el cáncer!».