La pataleta y la rapiña

Los ganadores siempre tienen un plan. Los perdedores siempre tienen una excusa. Valga el aforismo del clásico para ejemplificar el penoso comportamiento y la desvergonzada estrategia de la banda de Artur Mas para profundizar en su delirante y estéril camino de segregación y cizaña. El último numerito protagonizado por este separatismo de chiquilicuatres no prueba sino su obsesión por la queja y el saqueo, por la pataleta interminable y la innegociable rapiña.

Qué desasosegante resulta certificar cómo el que entrega su vida al expolio de repente denuncia que está siendo expoliado y se rasga las vestiduras en la plaza pública; aun cuando es una ensoñación, una burda estratagema victimista o, directamente, un engaño masivo. Porque estamos hablando de unos señores que vuelven a sentirse maltratados después de haber pedido a Rajoy más dinero que nadie y haber recibido de los españoles más dinero que nadie (¡más de 20.000 millones nos han levantado de momento entre FLA's, ICO's y pagos a proveedores!).

Después de meses y meses de repetir la misma jugada en distintas circunstancias, y de meterle al interés nacional y al bolsillo de los ciudadanos unos cuantos goles, sería ingenuo colegir que los comandantes en jefe del separatismo están equivocados. Eso es un simplismo. Están instalados en la tensión, el conflicto, la provocación, la amenaza y el chantaje. Deliberadamente, premeditadamente. Y apoyándose en la idea de que Cataluña es demasiado grande como para que Montoro (¡algún día se le tendrán que hinchar las narices!) la deje caer.

Es inútil pretender dar satisfacción a quien tiene decidido que, pase lo que pase, jamás se dará por satisfecho. Hay rayas rojas que el Gobierno debe considerar infranqueables. Hay que aplicárselas con urgencia a quienes confunden la defensa del bien común con el onanismo, la alta política con el hoolliganismo.